Diciendo esto, con muy alegre esfuerzo quebré el cabestro con que estaba atado, y eché a correr cuanto más presto pude, por huir los ojos de milano de aquella falsa vieja, la cual, como me vio suelto, tomando un grande ánimo y esfuerzo, más que la edad y condición le podían dar, arrebatome por el cabestro y porfiome a quererme tornar por fuerza al establo; pero yo, recordándome del propósito mortal de aquellos ladrones, no me moví a piedad alguna; antes, alzando los pies, le di un par de coces en aquellos pechos, que di con ella en tierra.

La vieja, como quiera que estaba en tierra, todavía me tenía fuertemente por el cabestro; de manera que, aunque yo corría, la llevaba arrastrando, la cual luego comenzó con grandes voces y gritos a pedir ayuda de otra más fuerza que la suya. Pero en balde hallaba ayuda con sus voces, porque nadie había que le pudiese socorrer, salvo aquella doncella que allí estaba presa, la cual, a las voces que la vieja daba, salió y vio un aparato para reír; conviene saber: la vejezuela trabada, no de un toro, mas de un asno; y como aquello vio, tomada en fin fuerza y ánimo de varón, osó hacer una hazaña maravillosa. Primeramente trabome del cabestro, y con palabras de halagos comenzome a detener un poco, y luego saltó encima de mí. Desde que se vio encima incitábame a que corriese, y yo, por la gana que tenía de huir, como por librar a aquella doncella, corría como un caballo, y aun tentaba de responder a las palabras que la delicada doncella decía, y muchas veces, fingiendo quererme rascar en el espinazo, volvía la cabeza y besaba los hermosos pies de la moza.

Entonces ella, suspirando, decía:

—¡Oh soberanos dioses, dad ayuda y favor a mis extremos peligros, y tú, cruel fortuna, deja ya de perseguirme! Y tú, asno, remedio de mi libertad, si me llevares en salvo a mi casa, y me tornares a mis padres y hermoso marido, cuántas gracias te daré y de cuántas comidas te hartaré. Esas tus crines muy bien peinadas, te adornaré las cerdas de tu cola, que por negligencia están revueltas, con mucho cuidado las puliré y ataviaré. Tú serás comparado a los antiguos milagros, porque por tu ejemplo creeremos que Frixo pasó la mar encima de un carnero, y Arión escapó encima de un delfín, y Europa huyó encima de un toro; porque si fue verdad que Júpiter se transfiguró en buey, bien puede ser que este mi asno esconda la figura de algún hombre y la imagen de algún dios.

Entretanto que la hermosa doncella esto decía, llegamos adonde se apartaban tres caminos. Cuando allí llegamos, ella, tirándome del cabestro con toda cuanta fuerza podía, tiraba y porfiaba de enderezarme por el camino de a mano derecha, porque aquella era la vía para ir a casa de sus padres. Mas yo, sabiendo que aquellos ladrones habían ido por allí a hacer otros robos, resistíale fuertemente, y entre mí decía de esta manera:

—¿Qué haces, moza desventurada? ¿Por qué quieres perder a ti y a mí? ¿No sabes que este es el camino de los ladrones?

Estando nosotros altercando cada uno en su porfía, contendiendo sobre el camino que habíamos de tomar, he aquí que los ladrones, cargados de lo que habían robado, nos tomaron a manos, y como con la claridad de la luna nos conocieron un poco de lejos, con una risa falsa y cruel nos comenzaron a saludar, y el uno de ellos dijo de esta manera:

—¿Hacia dónde tan de prisa trasnocháis este camino, que no teméis las brujas y fantasmas de la soledad de la noche; y tú, muy buena doncella, das mucha prisa en ir a ver a tus padres? Pues que así es, nosotros socorreremos a tu soledad, y te mostraremos el camino bien ancho para ir a tus padres.

Y sirviéndola con las palabras y no con el hecho, echó mano del cabestro y tornome para atrás, dándome buenos palos y guinchones con un palo nudoso que traía en la mano.

Entonces yo, contra mi voluntad tornado a la muerte que me estaba aparejada, acordeme del dolor de la uña, y comencé cabeceando a cojear; pero aquel que me tornó para atrás, dijo: