—¿Y cómo tú otra vez vas titubeando y vacilando, y estos tus pies podridos pueden huir y no saben andar, y ahora poco ha vencías la celeridad de Pegaso, aquel caballo que volaba?

En tanto que este compañero muy sabroso jugaba conmigo de esta manera, sacudiéndome muy buenas varadas, ya llegábamos al cantón de su casa, cuando vimos aquella vejezuela que estaba ahorcada con una soga de la rama de un alto ciprés, a la cual los ladrones descolgaron, y así, con su cuerda al pescuezo, la lanzaron por las peñas abajo, y entrando en casa, después que hubieron atado la doncella con sus cordeles, dieron en la cena que la desventurada vieja en su última diligencia había aparejado, y después que con sus ánimos bestiales y ferocidad tragaron todo lo que allí había, comenzaron entre sí a platicar de nuestra pena y de su venganza, y como suele acontecer entre gente turbulenta, fueron diferentes las sentencias que cada uno daba.

El primero dijo que le parecía que era bueno y que debían quemar viva aquella doncella; el segundo, que la echasen a las bestias fieras; el tercero, que la debían de ahogar; el cuarto, que con tormentos la despedazasen. Ciertamente por dicho de todos, como quiera que fuese, la muerte le estaba aparejada.

Entonces uno de aquellos mandó callar a todos, y con palabras agradables comenzó a hablar de esta manera:

—No conviene a la secta de nuestro colegio, ni a la mansedumbre de cada uno, ni aun tampoco a mi modestia, sufrir que vosotros seáis crueles más de lo que el delito merece, ni debéis traer para esto bestias fieras, ni horca, ni fuego, ni tormentos ni aun tampoco muerte apresurada. Así que vosotros, si tomáis mi voto, habéis de dar vida a la doncella, pero aquella vida que merece. No creo yo que se os ha olvidado lo que determinabais hacer de este asno perezoso y gran comilón, y aun ahora mentiroso, fingiendo que estaba cojo; era ministro y medianero de la huida de esta doncella. Así, pues, me parece que mañana degollemos a este asno, y sacadas de él todas las entrañas por medio de la barriga, cosámosle dentro esta doncella, y solamente le quede la cara fuera; y después me parece se debe poner este asno, así relleno y cosido, encima de un risco de estos, adonde le dé el ardor del sol, y de esta manera sufrirán ambos todas las penas que vosotros derechamente habéis sentenciado, porque el asno recibirá la muerte que hace días ha merecido, y la doncella vivirá muriendo, pasando grandes penas, así del ardor del sol que la quemará, como de hambre y sed, y los bocados que los tigres y buitres le han de dar, le darán mayores dolores y fatigas.

Cuando este mal ladrón acabó de hablar, todos confirmaron su parecer y sentencia; lo cual oyendo con mis grandes orejas, ¿qué otra cosa podía hacer, sino llorar mi muerte que había de ser al otro día?

LIBRO VII.


ARGUMENTO.

Lucio Apuleyo cuenta cómo de mañana uno de aquellos ladrones vino de fuera y decía a los otros en qué manera culpaban a Apuleyo y le imputaban el robo de la casa de Milón; que no culpaban a ninguno de los ladrones, salvo a Apuleyo, que nunca más había parecido; el cual, oyendo esto, y estando hecho asno, gemía entre sí por culpársele de este gran crimen. — Cómo la doncella fue libre por su esposo Lepolemo. — Cuenta muchas desventuras y trabajos que pasó siendo asno. — También refiere muchos cuentos y fábulas graciosas, y la maldad de un muchacho que traía leña con él, y otras muchas cosas de gusto.