Diciendo esto, descosió aquellos paños rasgados que traía vestidos, y sacó dos mil ducados de oro, diciendo:
—Veis aquí esta pitanza, y aun digo, que en dote los doy de buena gana para vuestro colegio y esforzada compañía, y me ofrezco por vuestro capitán fidelísimo, que yo sé muchas provincias y ciudades, y conozco a los hombres ricos y pobres, y otras muchas cosas con que os holgaréis; y si vosotros no rehusáis esto, yo me obligo a hacer que en espacio de breve tiempo esta vuestra casa, que ahora es de piedra, se torne toda de oro.
No tardaron más los ladrones todos, que de un voto le hicieron su capitán, y le vistieron luego una vestidura de seda como convenía a tal capitán, quitándole primero el sayo roto, aunque rico, que traía.
En esta manera reformado, dio paz, y abrazó a cada uno de ellos, y sentado en más alto lugar que ninguno, comenzaban a hacer fiesta con su cena de muchos manjares y vinos.
II.
Cómo aquel mancebo, recibido en la compañía por Hemo, afamado ladrón, fue descubierto ser Lepolemo, esposo de la doncella, el cual la libertó con su buena industria, y la llevó a su tierra.
Pues hablando entonces unos con otros, comenzaron a decir de la huida de la doncella y de cómo yo la llevaba a cuestas, y diciendo asimismo de la monstruosa y no oída muerte que para entrambos nos tenían aparejada; lo cual todo por él oído, preguntó dónde estaba aquella moza, y lleváronlo a donde estaba, y como la vio en prisión cargada de hierro, comenzó a despreciarla haciendo un sonido con las narices, y saliose luego de la cámara, y desde que se tornó a sentar, dijo luego a los ladrones:
—Yo, señores, no soy tan bruto ni temerario que quiera refrenar vuestra sentencia y acuerdo; pero yo pensaría que tenía dentro de mi corazón pecado de mala conciencia, si disimulase lo que me parece que es bueno y provechoso; mas una cosa habéis de pensar, que esto que yo digo es por vuestra causa y provecho. Por ende, si esto que os dijere no os placiere, digo que tengáis libertad para tornarlo al asno; porque yo, señores, pienso que los ladrones saben que ninguna cosa más debe anteponerse a su ganancia. También esta venganza es dañosa muchas veces a ellos, y a otros. Pues si matareis la doncella en el asno, no haréis otra cosa sino ejercitar vuestro enojo sin ningún provecho ni ganancia. Por ende, me parece que esta doncella deberíais llevarla a alguna ciudad, porque no sería liviano el precio que por ella se diese, según su edad, que aun yo tengo conocido días ha algunos rufianes, de los cuales uno podría (según yo pienso) comprar esta moza con muchos talentos de oro, para ponerla al partido en el burdel, como ella merece por su huida, y vosotros quedáis bien vengados.
De esta manera, aquel abogado del fisco de los ladrones proponía nuestro pleito, como buen defensor de la doncella y del asno.
Todos se llegaron al consejo del nuevo ladrón, y luego soltaron a la doncella de las cadenas en que estaba; la cual, como vio aquel mancebo, y oyó hacer mención del burdel y del rufián, secretamente se reía, y estaba llena de placer; tanto, que a mí me vino al pensamiento que no hay que fiar en mujeres, pues aquella se alegraba con oír hablar de tan infame cosa.