Aquel mancebo, tornando a hablar, dijo.

—Pues ¿por qué no aparejamos de hacer sacrificio a nuestro dios Marte, que nos dé buena mano derecha en nuestro oficio? Mas paréceme que no tenemos aquí animal que sacrificar; por tanto, vengan conmigo algunos compañeros, e iré al primer pueblo a comprar lo necesario.

Dicho esto, partieron de allí, y antes de mucho tiempo vinieron unos cargados con cueros de vino, otros con pan, otros traían un rebaño de ganado, de donde escogieron un hermoso cabrón, que sacrificaron al dios Marte, y luego fue aparejada la comida abundantemente.

Entonces aquel nuevo mancebo, por ser a todos agradable, empezó a cocinar muchos y sabrosos manjares; después daba de beber a todos en grandes tazas; servíalos a la mesa, repartiendo los guisados por entre todos. Y algunas veces, fingiendo que iba por las cosas necesarias para la mesa, entraba donde estaba la moza, y traíale algunas cosas de comer, y aun la besaba muchas veces, lo que ella consentía de buena voluntad, la cual cosa a mí mucho me desplacía, y decía entre mí:

—¡Oh moza doncella, tan presto te has olvidado de tu desposorio y de aquel tu amado esposo, por quien tanto llorabas, y ahora besas a un advenedizo y cruel matador, ladrón corsario! ¿No te acusará la conciencia, no te acusará la fe que debes a tu esposo? Paréceme que te revolvió la inconstancia el corazón. ¿Qué será si esto entienden los otros ladrones? ¿Piensas que no tornarás otra vez al asno, y otra vez me causarás la muerte?

Entretanto que yo, en mi triste y desventurado pensamiento, falsamente acusaba y deponía contra la casta doncella estas cosas, y disputaba de ellas con gran enojo, conocí de sus mismas palabras, algo mansas y dudosas, aunque no muy oscuras para asno discreto, que aquel mancebo no era Hemo, ladrón famoso, mas que era Lepolemo, esposo de la doncella. Porque procediendo en sus palabras, que ya un poco más claramente hablaba, no curando de mi presencia, estuvieron hablando muy quedo, y él le dijo:

—Tú, señora Carites, mi dulcísima esposa, ten buen esfuerzo, que todos estos tus enemigos te los daré presos y cautivos en las manos.

Y diciendo esto, no cesaba de darles el vino, ya mezclado y algo tibio, con grande instancia, de manera que ellos estaban ya de buena manera. Él se abstenía de beber; y por Dios que a mí me dio sospecha que les había echado dentro los cántaros del vino algunas hierbas para hacerles dormir.

Finalmente, que todos, sin que uno faltase, estaban sepultados en vino, y algunos de ellos aparejados para la muerte.

Entonces Lepolemo, sin ninguna dificultad y trabajo, puestos ellos en prisiones y atados en ellas como a él le pareció, puso encima de mí la doncella; enderezó el camino para su tierra, a la cual, como llegamos, toda la ciudad salió a ver lo que mucho deseaban. Salieron su padre y madre y parientes, cuñados y esclavos, las caras llenas de gozo, que quien lo viera pudiera ver muy bien una gran fiesta de personas de todo linaje y edad, que por Dios que era un espectáculo digno de gran memoria, ver una doncella triunfante encima de un asno.