Yo también muy alegre como hombre varón, porque no pareciese que era ajeno del presente placer, alzadas las orejas, e hinchadas las narices, rebuzné muy fuertemente, y aun puedo decir que canté con clamor alto y grande.

III.

Cómo, celebradas las bodas de la doncella, se pusieron a pensar con gran consejo qué premio se daría a Lucio, asno, en recompensa de su libertad. — Donde cuenta grandes trabajos que padeció.

Después que la doncella entró en casa, los padres la recibieron y regalaron como mejor pudieron. Lepolemo tornó a mí con otra muchedumbre de asnos y acémilas de la ciudad, y tornome para atrás, adonde yo iba de buena gana, porque tenía mucha gana y deseo de tornar a ver la prisión de aquellos ladrones, a los cuales hallamos bien atados con el vino más que con cadenas. Así que nosotros, cargados de oro y plata y otras cosas suyas, que nada les dejaron, tomaron a los ladrones atados como estaban, y a los unos, envueltos, los echaron de esos riscos abajo; otros, degollados con sus espadas, se los dejaron por ahí.

Con esta tal venganza, alegres y con mucho placer, nos tornamos a la ciudad, adonde pusieron todas aquellas riquezas en el Tesoro y arca pública de ella, y la doncella diéronla a Lepolemo, su esposo, como era razón y derecho.

Desde allí la dueña, que ya era casada, me nombraba a mí como a su guardador, que le había librado de tanto peligro: y ese mismo día de las bodas me mandó henchir el pesebre de cebada, y poner heno, tan abundantemente, que bastara para un camello.

¡Cuántas maldiciones podría yo echar ahora a mi Andria, que es merecedora de ellas, porque me tornó en asno y no en perro!; porque veía por allí los perros hartos de aquellas reliquias y sobras de la boda, muy abundantes.

Después de pasada la primera noche de la boda, la recién casada no se olvidó del beneficio que de mí tenía recibido, y llamando a su padre y madre y marido, me encomendó mucho a todos y les preguntó cómo se podrían remunerar al asno tan grandes servicios.

El uno dijo, que si me tuviesen encerrado en casa, sin que cosa alguna hiciese, y me engordasen con cebada y habas y buena cama; pero venció a este otro, que miró más a mi libertad, diciendo que me echasen al campo con las yeguas, y que allí andando a mi placer holgando entre ellas, daría a mis señores muchas y buenas mulas. Así que, llamando al yeguarizo, habláronle muy largamente, encomendándome mucho, y entregáronme a él que me llevase. Adonde, por cierto, yo iba muy alegre y gozoso, creyendo que ya había renunciado el trabajo y cargas que me solían echar. Demás de esto, me gozaba que me habían dado aquella libertad en principio del verano, cuando los prados estaban llenos de hierbas y flores, donde pensaba hallar algunas rosas; porque me venía un continuo pensamiento, que habiéndome hecho tanta honra siendo asno, tornándome hombre más me gratificaran y honraran.

Mas después que el yeguarizo me llevó, ninguna libertad ni placer tuve, porque su mujer, que era mala hembra, me puso a moler en una tahona, y con un palo nudoso me castigaba de continuo, ganando con mi cuero pan para sí y para los suyos; y no solamente era contentada de fatigarme y trabajar por causa de su comer, pero matábame moliendo continuamente, por dineros, del trigo de sus vecinos; y por todos estos trabajos y fatigas no me daba a comer la cebada que habían señalado para mí, mezquino, la cual tostaba ella, y me la hacía moler con mis continuas vueltas, y la vendía a sus vecinos cercanos; y a mí, que andaba atento todo el día al continuo trabajo de la tahona, me ponía unos pocos salvados sucios y por cerner, llenos de piedras, que no había quien los pudiese comer.