—No creáis que nosotros, teniendo codicia de vuestros despojos os queríamos robar; mas pensando que lo mismo queríais hacer a nosotros, nos pusimos en defensa por quitar nuestro daño de vuestras manos; así que de aquí en adelante podéis ir seguros y en paz.

Esto dicho, comenzamos a andar nuestro camino bien descalabrados, y cada uno contaba su mal: los unos, heridos de piedras; los otros, mordidos de los perros; de manera que todos iban lastimados.

Yendo adelante ya buena parte del camino, llegamos a un valle de muchas arboledas y espesuras de grandes matas, adonde acordaron aquellos pastores que nos llevaban, de holgar un rato por descansar y curarse de las heridas. Así que echáronse todos por aquel prado, y después de haber reposado, curáronse sus llagas lo mejor que pudieron: el uno se lavaba la sangre en un arroyo que por allí pasaba, y otros con esponjas mojadas remediaban la hinchazón de sus llagas; otros ligaban las heridas con vendas, y de esta manera procuraba cada uno su salud.

Entretanto, un viejo asomó por un cerro, el cual debía ser pastor, y uno de los de nuestra compañía le preguntó si tenía leche o cuajada para vender; el viejo cabrero, meneando la cabeza, dijo:

—No sabéis en qué lugar estáis; guardaos de ahí no muráis.

Y diciendo esto, fuese de allí muy lejos. La cual palabra y su huida no poco miedo puso a nuestros pastores. Así que estando ellos espantados y no viendo a quién preguntar qué cosa fuese aquella, asomó otro viejo muy mayor que aquel y más cargado de años, con un bordón en la mano, corcovado, y venía como hombre cansado, y llorando muy reciamente: llegó a nosotros, y haciendo grandes reverencias, comenzó a besar a cada uno de aquellos mancebos en las rodillas, diciendo:

—Señores, por vuestra virtud, y por el Dios que adoráis, que me socorráis en una tribulación, a mí, viejo cuitado, de un niño mi nieto que casi está a punto de muerte, el cual venía conmigo en este camino, y tiró una piedra a un pajarito que estaba cantado, y por matarlo, cayó en una cueva que estaba llena de árboles por encima, que no se parecía, y creo que está en lo último de su vida, aunque por las voces que da, conozco que aún está vivo, mas por mi vejez y flaqueza, como veis, no le pude ayudar. Vosotros, señores, que sois mancebos y recios, fácilmente podréis socorrer a este mezquino viejo, librándome aquel niño, que no tengo otro heredero, ni sucesor de mi linaje.

Diciendo esto, el viejo pelábase las barbas, de manera que todos habían mancilla de él. Pero uno más recio que ninguno, y más mozo, de gran cuerpo y fuerzas, que aquel solo había quedado sano del ruido pasado, levantose luego y preguntó en qué lugar había caído. El viejo le mostró con el dedo entre unas zarzas y matas espesas. Así que el mancebo siguió tras el viejo hacia do le había mostrado.

Los compañeros, de que hubieron bien comido, y nosotros pacido, cargáronnos para ir su camino, y como aquel mancebo no venía, comenzaron a darle voces; desde que vieron que no respondía, enviaron uno que lo buscase, y que le dijese que viniese presto, que era ya hora de caminar: aquel tardó en ir a buscar al otro, y tornó admirado y espantado, diciendo que había visto una cosa maravillosa de aquel mancebo, que vio cómo estaba muerto en el suelo medio comido, y un dragón espantable encima de él, comiéndolo todo, y que no parecía el viejo; lo cual, visto por los pastores, y conociendo que no había en aquella tierra otro morador, sino aquel viejo, conocieron que aquel era el dragón. Así que dejaron aquella tierra y se fueron.

III.