Siendo aquellos pastores sabedores de la cruel fortuna que había pasado por sus amos, unos lloraban, otros gemían, doliéndose del triste suceso de aquella casa. Y temiendo la novedad de la mudanza de otro señor, aparejáronse para huir, y aquel mayordomo que tenía cargo de las yeguas y ganado (el cual me recibió muy encomendado para tratarme y curar bien), todas cuantas cosas había de precio en la casa y alquería las cargó encima de mis espaldas y de otros caballos, y así se partió, desamparando su primera morada. Nosotros llevábamos a cuestas niños y mujeres; llevábamos gallinas, pollos, pájaros, gatos y perrillos, y cualquiera otra cosa que por su flaco peso podía detener la huida andaba con nuestros pies, y aunque la carga era grande, no me fatigaba mucho el peso de ella, antes me holgaba con la huida por dejar aquel bellaco que me quería castrar y deshacerme de hombre.

Yendo por nuestro camino, habiendo pasado una cuesta muy áspera de un espeso monte, entramos por unos grandes campos, y ya que la noche venía, llegamos a una villa bien grande y rica, adonde los vecinos nos avisaron que no caminásemos de noche, porque había por allí infinitos lobos muy grandes, feroces y muy bravos, que estaban acostumbrados a saltear y comer a los hombres que caminaban de noche. Pero aquellos malvados huidores que nos llevaban, ciegos con el atrevimiento de la presa que llevaban, y miedo que no los siguiesen, desechando el consejo saludable que les daban, no esperaron el día, mas cerca de media noche nos cargaron y comenzaron a caminar.

Entonces yo, por miedo del peligro susodicho, me metí en medio de todas las otras bestias, y todos se maravillaban cómo yo andaba más liviano que cuantos caballos allí iban; pero aquello no era livianeza de alegría, mas era indicio del miedo que llevaba: finalmente, que yo pensaba entre mí, que aquel caballo Pegaso, por miedo le habían nacido alas con que voló, y por eso fue hasta el cielo, habiendo miedo que no lo mordiese la ardiente Quimera.

Aquellos pastores que nos llevaban hiciéronse a manera de un ejército; unos llevaban lanzas, otros dardos, otros ballestas, y otros piedras en las manos, y otros llevaban picas bien agudas, y algunos llevaban hachas ardiendo por espantar a los lobos; en tal manera iban, que no les faltaba sino una trompeta para que pareciera hueste de guerra.

Pero aunque pasamos nuestro miedo sin peligro, caímos en otro lazo mucho mayor, porque los lobos, o por ver mucha gente, o por las lumbres de aquellos, hubieron miedo, o por ventura porque eran idos a otra parte, ninguno de ellos vimos, ni pareció cerca ni lejos. Mas los vecinos de aquellos cortijos por donde pasamos, como vieron tanta gente y armada, pensaron que eran ladrones, y proveyendo a sus bienes y hacienda con gran temor que tenían de no ser robados, llamaron a los perros, que eran más rabiosos y feroces que lobos, y más crueles que osos, los cuales tenían criados así bravos y furiosos, para guarda de sus casas y ganados, y con sus silbos acostumbrados y otras tales voces, echaron los perros contra nosotros, y ellos, además de su propia braveza, esforzados con las voces de sus amos, cercáronnos de una parte y otra, y comienzan a saltar y a morder en la gente sin hacer apartamiento de hombres ni de bestias; mordían tan fieramente, que a muchos echaron por el suelo.

Vierais una fiesta que era más para haber mancilla, que no para contarla, porque como había muchos perros que andaban como rabiosos, y a los que huían arrebataban con los dientes, y a los que estaban quedos arremetían, y con crueldad y braveza les sacaban los pedazos, en tal manera, que a bocados disminuyeron toda nuestra compañía. He aquí que a este peligro sucedió otro mayor, que los villanos de encima de los tejados, y de una cuesta que estaba allí arriba, echábannos tantas piedras, que no sabíamos de qué habíamos de huir. De una parte los perros que andaban cerca de nosotros, y de la otra más lejos las piedras que venían sobre nosotros: de manera que estábamos en harto aprieto.

En esto vino una piedra que descalabró a una mujer que iba encima de mí, y ella, con el gran dolor, comenzó a dar grandes gritos y voces, llamando a su marido, que era un pastor de aquellos, que la viniese a socorrer.

Él, cuando la vio, limpiándole la sangre, comenzó a dar gritos, diciendo:

—¡Justicia de Dios! ¿por qué matáis los tristes caminantes, y los perseguís, espantáis y apedreáis con tan crueles ánimos? ¿Qué daño os hemos hecho? ¿Qué robo es este?

Como esto oyeron, luego cesó el llover de las piedras, y apartaron la tempestad de los perros bravos, y uno de aquellos labradores dijo a voces: