—¿Veis aquí el fiel compañero y amigo de mi marido? Este es el que quiere contraer nuevas bodas conmigo; esta mano es aquella que derramó mi sangre; este es el pecho que pensó y compuso tantos engaños y rodeos para mi destrucción; estos son los ojos a quien yo en mal hora agradé. Pues duerme seguro y sueña bien a tu placer, que yo no te heriré con cuchillo ni con espada; nunca plegue a Dios que tal haga, porque no te iguales con mi marido en semejante género de muerte; pero siendo tú vivo, morirán tus ojos y no verás cosa alguna.
Diciendo esto, sacó un alfiler de la cabeza e hirió con él en los ojos de Trasilo, y dejándolo así ciego del todo, desenvainó la espada que su marido solía traer, y echó a correr furiosamente por medio de la ciudad y fue hasta la sepultura de su marido. Nosotros y todo el pueblo la seguimos para quitarle la espada de las manos; pero ella se sentó cerca del sepulcro, y apartando a todos, les dijo de esta manera:
—Dejad, señores, estas lágrimas; dejad el llanto, que es ajeno de mis virtudes, porque yo me vengué del cruel matador de mi marido; yo he punido y castigado al ladrón y malvado robador de mis bodas; ya es tiempo que con esta espada busque el camino para ir adonde está mi Lepolemo.
Y después que hubo contado por orden todas las cosas que su marido le reveló en el sueño, y asimismo de qué manera había engañado a Trasilo, diose con la espada por debajo de la teta izquierda, y así cayó muerta revuelta en su propia sangre. Finalmente, no pudiendo hablar claro, se le salió el ánima.
Entonces los criados de Carites tomaron su cuerpo y enterráronlo en la misma sepultura de su marido, dándole allí su perpetua compañera.
Trasilo, vistas todas estas cosas que por él habían pasado, no pudiendo hallar género de muerte que satisficiese a su presente tribulación, y teniendo por muy cierto que ninguna espada ni cuchillo podía bastar a la gran traición por él cometida, hízose llevar al sepulcro de Lepolemo, y estando allí, dijo:
—¡Oh ánimas enemigas, veis aquí donde viene la víctima y sacrificio de su propia voluntad para vuestra venganza!
Y diciendo esto muchas veces, metiose dentro del sepulcro, y cerradas muy bien las puertas de la tumba, deliberó por hambre sacar de sí el ánima condenada por su propia sentencia.
II.
Cómo después que los pastores supieron la muerte de sus señores se huyeron con su hacienda.