—Un astrólogo que miró la constelación de su nacimiento, dijo, que podría ahora haber como cinco años, pero él sé que sabrá mejor estas cosas, según la profesión de su ciencia. Y como quiera que yo, a sabiendas, incurra en la pena de la ley Cornelia, si revendiere ciudadano romano por esclavo; pero ¿por qué no compras un servidor tan bueno y provechoso, que te podrá ayudar así en casa como fuera de ella?
Con todo esto, aquel comprador malo no dejó de preguntar cuando esto oyó, y sacar unas cosas de otras. Finalmente preguntó con mucha ansia si yo era manso. El pregonero le dijo:
—Es tan manso, que no parece asno, sino cordero: no muerde, ni echa coces, que no parece sino que debajo del cuero de un asno mora un hombre muy pacífico y modesto.
En esta manera, el pregonero, con sus chocarrerías, trataba aquel glotón echacuervos, el cual dio por mí siete dineros, y llevándome a su casa, luego, a la entrada de la puerta, comenzó a dar voces, diciendo:
—Mozas, un servidor os traigo del mercado, ¿veislo aquí?
Pero aquellas mozas que él decía, era una manada de mozos bardajas, los cuales, como lo oyeron, habiendo de ello mucho placer y alegría, alzaron grandes voces pensando que les traería algún esclavo que fuese aparejado para lo que ellos querían. Pero cuando vieron que era un asno, torciendo el rostro con enojo, increpaban a su maestro, diciéndole que no había traído servidor para ellos, sino marido para sí.
Diciendo estas y otras cosas de burlas, me ataron a un pesebre, y luego vino un mancebo, que tenía flauta y trompeta, que estaba allí por su sueldo para tañer a la diosa, y en casa ejercitábase en contentar a aquellos medio mujeres, el cual me echó de comer.
IV.
Cómo después que Lucio, asno, fue vendido a un echacuervos de la diosa Siria, le acontecieron muchos trabajos.
Al otro día siguiente, vestidos de varios colores, y cada uno de su traje, unos con mitras en sus cabezas, otros con túnicas blancas ceñidas, pusieron encima de mí a la diosa Siria, cubierta de una vestidura de seda. Ellos llevaban los brazos desnudos hasta los hombros y unos cuchillos en las manos, y al son de la flauta bailaban delante de su diosa. Y yendo de esta manera, pasamos por algunas caserías y pueblos, adonde aquellos hipócritas falsos comenzaron a hacer grandes maravillas, bajando furiosamente sus cabezas, torciendo a una parte y a otra los pescuezos, colgando los cabellos y mordiéndose algunas veces los brazos, y aun con aquellos cuchillos que traían se daban de cuchilladas. Entre estos había uno que con mayor furia, así como hombre endemoniado, fingía aquella locura, por parecer que con las presencias de los dioses suelen los hombres no ser mejores en sí, mas antes hacerse flacos y enfermos.