Pues espera, y verás qué galardón hubo de la Providencia celestial. Él comenzó a decir adivinando a grandes voces, y fingiendo mayor mentira, que quería castigar y reprender asimismo, diciendo que había pecado contra su santa religión; y por esto quería él tomar por sus propias manos la pena que merecía por aquel pecado que había cometido. Así que arrebató un azote, el cual es propia insignia de aquellas medias mujeres, torcidos muchos cordeles de lana de ovejas y escarchado con choquezuelas de pies de carneros a colores, y diose con aquellos nudos muchos golpes, hasta que se adormeció las carnes, que parecía que maravillosamente estaba preservado para poder sufrir el dolor de aquellas llagas. Que vieras cómo de las heridas de los cuchillos y de los golpes de la disciplina todo el suelo estaba bañado en la suciedad de aquella sangre afeminada, la cual cosa no poco cuidado y fatiga me ponía en mi corazón, viendo derramar tan largamente sangre de tantas heridas, por ventura que al estómago de aquella diosa extraña no se le antojase sangre de asno, como a los estómagos de algunos hombres se les antoja leche; así que cuando ya estaban cansados, cierto mejor diría cuando hartos de abrir sus carnes, hicieron pausa cesando de aquella carnicería; y comenzaron a recoger en sus faldas abiertas dineros de cobre y aun también de plata que muchos les ofrecían. Demás de esto, les daban jarros de vino y de leche, queso y harina y trigo candeal, y algunos daban cebada para mí que traía la diosa.

Ellos, con aquella codicia rapaban todo cuanto podían y lanzábanlo en costales que para esto traían de industria aparejados para aquella echacorvería y todos los echaban encima de mí, de manera que ya yo iba bien cargado con carga doblada, porque iba hecho troje y templo.

En esta manera discurriendo por aquella región, la robaban. Llegando a una villa principal, como allí hallaron provecho de alguna ganancia, alegres hicieron un convite de placer, que sacaron un carnero grueso a un vecino de allí, con una mentira de su fingida predicación, diciéndole que con su limosna y sacrificio hartase a la diosa Siria, que estaba hambrienta. Así que su cena bien aparejada, fuéronse al baño, y vinieron muy bien lavados. Trajeron consigo un mancebo aldeano de allí para cenar con ellos, y como hubieron comido unos bocados de ensalada, allí delante de la mesa aquellos sucios bellacos comenzaron a burlar con aquel mancebo, que tenían desnudo, como hacían las mujeres con los hombres.

Yo, cuando vi tan gran traición y maldad, no pudiéndolo sufrir mis ojos, intenté dar voces, diciendo: «¡Oh romanos!», pero no pudiendo pronunciar las otras letras y sílabas, solamente dije muy claro y muy recio: «¡Oh, oh!», lo cual dije a tiempo oportuno, a causa que muchos mancebos de una aldea de allí cerca, andaban a buscar un asnillo que les habían hurtado aquella noche, y andaban muy codiciosos buscándolo por todos los caminos y apartamientos; los cuales, oyendo mi rebuzno dentro de aquellas casas, creyeron que era su asno, y de improviso todos juntos entraron en casa, donde hallaron aquellos bellacos haciendo aquellas maldades y suciedades, y como los vieron comenzaron a llamar a los vecinos para que viesen aquel aparato torpe y sucio; demás de esto, haciendo burla, alababan la purísima castidad de aquellos echacuervos.

Ellos, embarazados y turbados con esta infamia, que fácilmente fue divulgada por todo el pueblo, por lo cual con mucha razón eran aborrecidos y malquistos de todos, aquella noche a las doce, liadas todas sus ropas, se partieron a hurtadillas de aquella villa; y habiendo andado buena parte del camino antes del día, entramos por un desierto y despoblado, siendo ya claro día; entonces hablaron entre sí primeramente, y después aparejáronse para mi daño y muerte; porque quitando la diosa de encima de mí, y puesta en tierra, quitáronme todos aquellos paramentos que traía, y desnudo atáronme a un roble, y con aquel azote que estaba encadenado de osezuelos de ovejas, diéronme tantos azotes, que casi me llegaron a lo último de la muerte.

Uno de aquellos me amenazaba con un cuchillo para cortarme las piernas, diciendo que había enfadado con mi feo rebuzno a todos; pero los otros no permitieron que me las cortase, diciendo que por reverencia de la diosa, que estaba delante, no muriese por entonces. En tal manera, que luego me tornaron a cargar de aquellas cosas que llevaba, y dándome buenos palos, coces y encontrones, llegamos a una grande y noble ciudad; adonde un noble varón principal de allí, hombre de buena vida, y que era muy devoto de la diosa Siria, como oyó el sonido de los atabales y panderos y los cantares de aquellos echacuervos a manera de como cantan los sacerdotes de la diosa Cibeles, corrió luego a recibirlos muy devotamente; recibió por huéspeda a la diosa, y a nosotros todos nos hizo meter dentro del cercado de su ancha casa, y luego comenzaron a entender en aplacar y sacrificar a la diosa con gran veneración y con gruesos animales y sacrificios.

En este lugar me acuerdo yo haber escapado de un grandísimo peligro de muerte, el cual fue este:

Un labrador de allí envió un presente al señor de aquella casa, que era un cuarto de ciervo muy grande y grueso, el cual recibió el cocinero y lo colgó negligentemente tras la puerta de la cocina, no muy alto del suelo. Un lebrel que allí estaba, sin que nadie lo viese, alcanzolo, y alegre con su presa, prestamente desapareció delante de los ojos de los que allí estaban. El cocinero, cuando conoció su daño y la gran negligencia en que había caído, llorando muy fieramente, y como casi desesperado que ya casi su señor demandaba de cenar, no sabiendo qué hacer, y con el temor que tenía, se quería ir de su amo. La mujer, que le quería bien, con palabras amorosas le ponía esfuerzos, diciendo:

—¿Cómo tan espantado y atemorizado te ha este presente mal, que determinas de dejar la casa de tu señor, adonde tanto tiempo ha que ganas tu vida? ¿Y no ves que me dejas sola llena de hijos? Por ende yo he hallado un buen remedio, el cual vino por providencia de los dioses, y es este: Toma este asno, que ahora es venido aquí, llévalo a algún lugar apartado, y degüéllalo, y una de sus piernas, que es semejante a la que se perdió, le cortas, y muy bien picada y guisada, o de otra manera que sea muy sabrosa, la pondrás delante de tu señor, en lugar del ciervo. Al bellaco pusilánime del cocinero plugo mucho el consejo que la sagaz y astuta de su mujer le había dado, y acordó hacer en mí aquella cruel carnicería, queriendo con mi muerte remediar su vida y la de su mujer e hijos, y para esto comenzó luego a aguzar sus cuchillos, no viendo la hora de tener guisada mi pobre pierna.

LIBRO IX.