ARGUMENTO.

Este noveno libro cuenta la astucia del asno cómo se escapó de la muerte, de donde se le siguió mayor peligro, que creyeron que rabiaba, y con el agua que bebió vieron que estaba sano. — Cuenta una mujer que engañó a su marido por un sutil arte de un tonel. — Ítem el engaño de las suertes que traían los echacuervos de la diosa Siria. — Y cómo fueron tomados con un hurto, y fueron presos por ello. — Y de cómo fue vendido a un tahonero, adonde cuenta de la maldad de su mujer y otras cosas de mucho gusto y pasatiempo. — Y cómo después fue vendido a un hortelano, y de un caballero que quiso tomar el asno por fuerza, y lo que le aconteció.

I.

Cómo después que Lucio entendió que el cocinero le quería matar, buscó astucia para librarse de tan gran peligro, de donde se le siguió otro mayor, del cual también se libró.

Aquel cocinero traidor ya armaba contra mí sus crueles manos. Yo, con la presencia de tan gran peligro, no teniendo consejo ni aun tiempo para pensar en él, deliberé, huyendo, escapar de la muerte que sobre mí estaba, y prestamente, quebrando el cabestro con que estaba atado, eché a correr a cuatro pies cuanto pude, y metime sin empacho ni vergüenza en la sala donde estaba cenando aquel señor de casa sus manjares con los sacerdotes de aquella diosa Siria; y con mi ímpetu derramé y vertí todas aquellas comidas que allí estaban, mesas y candeleros y cosas semejantes, la cual disformidad y estrago, como vio el señor de la casa mandó a un siervo suyo que con diligencia me tomase y como asno importuno y garañón me tuviese encerrado en alguna parte, porque otra vez con mi poca vergüenza no desbaratase su convite placentero y alegre.

Entonces yo me alegré con aquel mandamiento de la guarda y cárcel saludable, viendo cómo con mi astucia y discreta invención había escapado de las crueles y pestilenciales manos de aquel carnicero.

Pero cuando la fortuna persigue a un hombre, ningún buen consejo le aprovecha, porque la invención que a mí me pareció haber hallado para mi salud, me fabricó otro mayor peligro, y fue que un muchacho entró en la sala donde estaban comiendo, y dijo a su señor cómo de una calleja de allí cerca había entrado poco antes un perro rabioso con gran ímpetu y ardiente furor, y había mordido a todos los perros de casa, y después había entrado en el establo y mordido con aquella rabia a muchos de los caballos que allí estaban, y que también había mordido a algunas personas de casa, lo cual asombró a todos, y pensando que por estar yo inficionado de aquella pestilencia hacía aquellas ferocidades, arrebataron lanzas y dardos y comenzáronse a amonestar unos a otros que echasen de sí un mal tan grande como era aquel. Y cierto, ellos me perseguían y rabiaban más que yo, por lo cual, sin duda, me mataran y despedazaran con aquellas lanzas y venablos y con hachas que traían; mas yo, viendo el ímpetu de tan gran peligro, luego me metí en la cámara donde posaban aquellos mis amos.

Entonces ellos, cerrándome luego las puertas, velaban hasta que aquella fuerte pestilencia y rabia se consumiese, para que ellos pudiesen estar sin peligro.

Como yo me vi así encerrado, libre de aquel infortunio, echeme encima de la cama, que estaba muy bien hecha, y descansé durmiendo como hombre, lo cual mucho tiempo había que no usaba. Y a otro día bien claro, habiendo yo muy bien descansado con la blandura de la cama, levanteme esforzado y aceché aquellos veladores que allí estaban guardándome, los cuales altercaban sobre mí de esta manera: