—Este mezquino asno creemos que está fatigado con su furor y rabia, y puede ser que estará ya muerto. Bueno será que veamos lo que hace.

Y abierta una pequeña parte de la puerta, viéronme estar sosegado y muy quieto; y como así me vieron, uno de aquellos que parece los dioses habían enviado para mi remedio, mostró a otro un remedio para conocer mi sanidad, diciendo que me pusiesen una caldera de agua para beber, y que si yo sin temor y como acostumbraba llegase al agua y bebiese, de buena voluntad supiesen que yo estaba sano y libre de toda enfermedad; y por el contrario, si vista el agua hubiese miedo, haciendo algunos meneos y diabluras, y no la quisiese tocar, tuviesen por muy cierto que aquella rabia mortal duraba en mí, y que esto tal se solía guardar según cuentan los libros antiguos.

Como esto les pluguiese a todos, tomaron luego una grande herrada de agua clara y limpia, y con algún temor me la pusieron delante; yo salí luego sin tardanza ninguna a recibir el agua con harta sed que tenía, y comencé a beber de aquella agua, que asaz era para mí verdaderamente saludable. Entonces yo sufrí cuanto ellos hacían, dándome golpes con las manos y tirarme de las orejas y trabarme del cabestro, y cualquier otra cosa que ellos querían hacer por experimentar mi salud; yo había placer de ello, hasta tanto que con su desvariada presunción yo probase claramente mi modestia y mansedumbre para que a todos fuese manifiesta.

II.

Lucio recuenta una historia que oyó haber acontecido en un pueblo, de cómo una mujer burló de su marido.

Luego otro día siguiente, habiendo yo escapado de tanto peligro, me cargaron otra vez de los divinos despojos, y ellos con sus panderos y campanillas comenzamos a caminar, y habiendo ya pasado algunas caserías, llegamos a un lugarejo, adonde aquella noche nos aposentamos.

Allí oí contar un gracioso cuento, el cual quiero que vosotros sepáis.

Era un hombre que se alquilaba por trabajador, y con aquello que ganaba se mantenía miserablemente; tenía una mujer galana y requebrada. Un día de mañana, como el marido se fuese a la plaza para buscar de trabajar, vino el enamorado de su mujer y metiose en casa.

Estando ellos así, el marido, que ninguna cosa sabía ni sospechaba, tornó de improviso a casa y batió a la puerta.

La mujer, que era astuta para tales sobresaltos, hizo meter a su enamorado en un tonel viejo que estaba en un rincón de casa, medio roto y vacío; y abierta la puerta a su marido, comenzó a reñir con él, diciendo: