Yo cogeré este vestido y me marcharé.
LÁMACO.
Toma el escudo y anda. — ¡Oh Júpiter! ¡Está nevando! Tengo que hacer una campaña de invierno.
DICEÓPOLIS.
Recoge las viandas. Tengo que cenar.
(Salen ambos.)
CORO.
Id alegremente a la guerra. ¡Qué caminos tan diversos seguís! Aquel beberá, coronado de flores; tú harás centinela medio helado; aquel dormirá con una hermosísima joven... Lo digo de veras: ¡ojalá Júpiter confunda al hijo de Psacas, a Antímaco, poetastro infeliz, que, siendo corega[233] en las fiestas Leneas, me mandó a mi casa sin cenar! ¡Ojalá le vea yo algún día deseoso de comer un calamar, y cuando esté ya frito, chirriando en la sartén, servido en la mesa, y aderezado con sal, en el momento de llevarlo a la boca, un perro se lo arrebate y escape con él!
Además de ese mal, le deseo otra aventura nocturna. ¡Ojalá al volver febril a su casa, después de la equitación, se tropiece con Orestes[234] borracho, y este enfurecido le rompa la cabeza; y que pensando tirarle una piedra, coja en la oscuridad un excremento reciente, y al lanzarlo con ímpetu como si fuera un guijarro, yerre el golpe y le pegue a Cratino![235].