El único poeta español que se acercó instintivamente a la ruda manera de Esquilo fue (aunque parezca extraño) Miguel de Cervantes en su Numancia, con aquel proceder por grandes masas, aquella imperiosa fatalidad que mueve la lengua de los muertos e inspira agüeros, vaticinios y presagios; los elementos épicos (narraciones, descripciones, etc.) que se desbordan del estrecho cuadro de la escena lo mismo que en Los Siete sobre Tebas; el asunto, que no es una calamidad individual, sino el suicidio de todo un pueblo, y finalmente, el espíritu nacional que lo penetra e informa todo, y por medio de profecías y visiones anuda y encadena la España moderna con la de los primeros tiempos históricos.

Entró luego Lope de Vega, y se alzó con el cetro de la monarquía cómica, sin que en tan prodigioso número de comedias propias, felices, discretas y bien razonadas, con que inundó el teatro, deba nada a los griegos, aunque sí algo a Plauto, a Terencio y a los italianos; y por más que entre tantos asuntos, algunos tomara de la antigüedad. Y lo que digo de él debe entenderse de toda su escuela, incluso de Calderón, a quien como hierofante o poeta sacerdotal, y por lo alto, profundo y simbólico de las concepciones, y el aire místico y solemne, y por haber tratado a su modo lo que debió ser asunto de la primera parte de la Trilogía de Prometeo, han llamado algunos el Esquilo castellano.

Y mejor podía llamarse a Quevedo el Aristófanes, faltándole solo para merecer tal título la claridad y la limpieza, la ática transparencia de estilo que enamora en las obras del cómico ateniense, pues en lo demás ambos ingenios eran gemelos, y no faltan en los Sueños ni lo cómico ideal y fantástico, ni los contrastes humorísticos, ni la sal mordicante, ni la intención política.

Los pocos y frígidísimos imitadores de la tragedia antigua en el siglo XVII, fuéronlo de Séneca y no de los griegos: así, González de Salas en Las Troyanas, y López de Zárate en el Hércules Furente y Eteo. Rojas convirtió los Encantos de Medea en una absurda comedia de magia, que se sostuvo largo tiempo en las tablas.

De Calderón consta que escribió una Ifigenia, no sabemos si en Áulide o en Tauris, porque pertenece al número de sus comedias perdidas. Pero algo hubo de aprovecharla Cañizares para las dos suyas del mismo argumento, tan populares en el siglo pasado. De la primera no ocurre hablar, por ser imitación de la de Racine, con más los indispensables graciosos y otras adiciones infelices de la cosecha del refundidor, que la hizo, «para mostrar las comedias conforme al francés estilo.» Mas para la Ifigenia en Tauris no tuvo modelo francés, y como era hombre de pocas letras y no conocía directamente a Eurípides, sospéchase que entró a saco por la obra calderoniana. Como quiera, hizo una comedia de intriga, llena de anacronismos, cuchilladas y extravagancias, en la cual apenas se descubren confusas reminiscencias de la tragedia griega, fuera del diálogo entre Ifigenia, Pílades y Orestes, que está copiado de Eurípides con bastante fidelidad, si bien de segunda mano, y es (según Moratín) «lo único tolerable en esta desatinada composición.» Mala y todo como es, fue refundida en cinco actos, con título de tragedia, por D. Cándido María Trigueros[9].

En el siglo pasado no hubo más Fedras, Medeas, Antígonas y Andrómacas que las que se tradujeron del francés. El abate Marchena, en los pocos trozos que conocemos de su Polixena, tiene imitaciones de Eurípides, mezcladas con otras de Lucrecio.

Queda, pues, como única muestra del teatro griego entre nosotros, el Edipo de Martínez de la Rosa, ingenio elegante y tímido, que en esta ocasión se levantó algo sobre su nivel ordinario. Desde luego deja atrás a los demás Edipos modernos, aunque este no es grande elogio. Tuvo el buen gusto de no alterar con inoportunos episodios la imponente unidad del asunto griego. El estilo es pulcro y terso, y la expresión de los afectos sencilla; pero no faltan rasgos de sentimentalismo a la moderna, y repugna sobremanera oír hablar a Edipo de su sensible pecho. Los coros, escritos como están en metros cortos y reducidos a un accesorio, parecen cantarcillos de zarzuela y desdicen de la gravedad trágica. La versificación y el lenguaje no tienen tacha. Y cuanto el buen juicio y el amor al arte pueden hacer, otro tanto logró Martínez de la Rosa en esta composición, privilegiada entre las suyas. Y logró más: hacer tolerable a un público como el nuestro la forma de Sófocles, no muy adulterada, e interesarle y conmoverle hasta el punto de que aún resuena en nuestros oídos el eco de las tumbas de Tebas. Tales ventajas se logran del trato con los grandes modelos, aunque la inspiración propia no sea muy enérgica ni robusta.

M. Menéndez Pelayo.

Santander, 4 de enero 1880.

INTRODUCCIÓN.