Los portugueses no traen más contingente a esta pobrísima bibliografía aristofanesca, que la siguiente traducción latina:
—«Plutus Aristophanis, Comoedia in Latinum Conversa Sermonem. Authore Michaele Cabedo Senatore Regio, dum Parisiis esset anno MDXLVII.» 17 hojas sin foliar. El ejemplar que vi en la Academia de Ciencias de Lisboa no tenía portada. A la comedia siguen versos latinos y cartas del autor. El cual fue eminentísimo humanista y jurisconsulto. Nació en Setúbal en 1525, y murió en Lisboa en 1577. Había estudiado en Burdeos, Tolosa y Coimbra, siendo discípulo de Juan Gélida y Martín de Azpilcueta. La traducción del Pluto está en versos fáciles y bien construidos, aunque Cabedo la estimaba solo como desenfado de estudiante.
Si a estos trabajos agregamos las traducciones, también latinas, del escoliasta de Sófocles y del escoliasta de Eurípides, hechas por el infatigable valenciano Vicente Mariner, que se conservan manuscritos con sus demás obras en el estante Ff. de la sala de manuscritos de la Biblioteca Nacional[3], tendremos casi completo este índice.
Ni sería mucho más granado el de los críticos y expositores, pues aunque de la tragedia griega dijeron algo, y bien, el Dr. Alonso López Pinciano en su Philosophia Antigua Poética, y D. José Antonio González de Salas en su Nueva idea de la tragedia antigua e ilustración última al libro singular de Poética de Aristóteles Stagirita, fue no tanto a la luz de los modelos mismos como a la de los comentarios y explicaciones del hijo de Nicomáco. Y perdida más adelante esta severa y fructuosa enseñanza, que quizá nos hubiera llevado a una comprensión seria y profunda del espíritu de la antigüedad, abrimos sin recelo la puerta a los libros franceses; y fuera de los discursos de Estala, cuya originalidad queda ya indicada, no hallamos en el siglo XVIII otra cosa digna de memoria que algunas notas de Moratín sobre Las Suplicantes, Ifigenia en Áulide, Ifigenia en Tauris, Reso y Medea[4], donde la crítica es tan pobre y estrecha, que sin reparo se tiene por inútil el coro y por impertinente todo lo que en los antiguos se refiere a los ritos de la sepultura y al culto de los muertos: se dice que Racine ha mejorado mucho a Eurípides, y que Metastasio sabía hacer mejor que él las exposiciones: se encuentra mal que Aquiles no esté enamorado: se censura a los griegos por no haber observado las unidades, etc., etc.
Mucho más vale el prólogo de Martínez de la Rosa a su Edipo, y aun las observaciones que sobre el mismo asunto trágico hizo en las notas a su Poética. Siquiera tiene el mérito de haber reprobado los absurdos episodios y ornamentos con que los imitadores modernos habían desfigurado y calumniado la purísima sencillez de Sófocles. En cuanto al coro, estaba a la misma altura que Moratín: le tenía por un accesorio o comparsa, las más veces inverosímil, pero que contribuía a la pompa del espectáculo. ¡El coro, que es precisamente la esencia de la tragedia!
No me toca juzgar aquí los estudios posteriores, que son todos harto breves. Baste decir que en sus respectivos compendios y manuales de literatura griega han dicho algo de estas cosas los señores D. Braulio Foz[5], D. Raimundo González Andrés[6], D. Jacinto Díaz[7] y D. Salvador Constanza[8].
Con lo cual, y con los Ensayos histórico-críticos sobre Esquilo y Sófocles, publicados por don Eduardo Mier en la Revista de Instrucción Pública (1857 y 1858); el discurso inaugural leído en la Universidad de Zaragoza en 1874 por el doctor D. Andrés Cabañero y Temprado sobre la tendencia e influjo del teatro griego en el orden político social de los antiguos pueblos de la Grecia, y los Estudios del Dr. Camus acerca de la Comedia griega y Aristófanes, insertos en la Revista de la Universidad de Madrid, quedará completa esta bibliografía, todavía más pobre, raquítica e infecunda que la anterior.
La influencia directa del teatro griego bien puede decirse que ha sido casi nula en España; y la razón es clara: hemos poseído un teatro propio y castizo, nacido y desarrollado aquí, con alguna influencia de la Italia del Renacimiento, en sus primeros pasos, pero libre luego de trabas y andadores. Este teatro, a primera vista romántico y anárquico, tiene en la grandeza de sus felices momentos, en el carácter nacional, y aun en el espíritu religioso, en la presencia de elementos líricos y (¿será una profanación decirlo?) en ciertos personajes cómicos, que cumplen, aunque de muy distinto modo, uno de los fines del coro antiguo, y templan como él la emoción trágica, cierta remota analogía con el de los helenos.
En la primera época de nuestra escena, en la de los orígenes, donde no faltaron tentativas de todo color y toda laya, dio una muestra de tragedia clásica el portugués Antonio Ferreira en su Castro, si es que esta obra es original y no traducción de la Nise lastimosa de Fr. Jerónimo Bermúdez. Quienquiera que fuese su autor primero, acertó con rasgos patéticos dignos de Eurípides, aunque suele afearlos con otros declamatorios de la escuela de Séneca, de quien tomó asimismo la manía de moralizar, y los diálogos rápidos y contrastados. Los coros están muy desligados de la acción, pero abundan en bellezas líricas del género horaciano.
La Tragedia de la muerte de Áyax Telamón sobre las armas de Aquiles, que compuso Juan de la Cueva, nada tiene que ver con el Áyax flagelífero, sino que está fundada en la famosa Contienda que se lee en los Metamorfóseos de Ovidio.