«La gloria escénica de Aristófanes, dice un discreto traductor[10], su influencia sobre el pueblo ateniense, las numerosas coronas conquistadas en las fiestas de Baco, he aquí toda su biografía.» Tal carencia de noticias tratándose de tan ilustre poeta, débese, sin duda, a su misma celebridad, que dispensó a los escritores contemporáneos de consignar lo que de todos era sabido, no menos que a la pérdida de las comedias de sus rivales[11], de las cuales, a vueltas de la exageración natural en el ataque, pudieran haberse recogido muy interesantes datos.
La escasez de estos llega al extremo de no saberse a punto fijo la fecha ni el lugar del nacimiento de Aristófanes. Conjetúrase que debió ser hacia la Olimpiada 82 (452 años antes de Cristo),[12] y en Cidatene, demo del Ática, perteneciente a la tribu de Pandión. Así lo afirman la mayoría de sus biógrafos, por más que algunos le creyeran natural de Egina, de Camira, de Lindo en Rodas y aun de Naucratita en Egipto[13]. Igualmente desconocidos son los detalles de su vida de familia, sabiéndose en junto que su padre se llamaba Filipo, y que tres de sus hijos, Araros, Filetero y Nicóstrato, se dedicaron también al cultivo de la Musa cómica. El florecimiento de Aristófanes coincidió con la guerra del Peloponeso (431-404 antes de la era cristiana), en cuyo azaroso período se representaron diez de las once comedias que de él se conservan. Afiliose al partido aristocrático, y atacó constantemente a los demagogos, en cuyas manos estaba en su tiempo la dirección de la república. Con este motivo se atrajo las iras de varios de ellos, pero muy especialmente de Cleón, que fue su más constante y encarnizado enemigo.
Tampoco se sabe si ejerció cargos públicos, por más que es de suponer que, dada su gran significación, no dejarían de enconmendársele algunos. Se tiene solo noticia de que en 430 pasó en calidad de cleruco con otros conciudadanos a la isla de Egina, recobrada por los atenienses, con objeto de hacerse cargo de los extensos dominios que en ella poseía[14].
O por timidez, o porque la ley o la costumbre exigiesen una edad determinada para presentar comedias, Aristófanes, como él mismo lo indica[15], puso en escena las tres primeras que compuso bajo los nombres de sus dos actores Fidónides y Calístrato, aunque el público no dejara de comprender a quién pertenecían. Fueron estas Los Detalenses y Los Babilonios[16], de las cuales solo se conservan fragmentos, y Los Acarnienses, que poseemos completa. En la primera atacaba Aristófanes la defectuosa educación que se daba a los jóvenes de su tiempo, presentando ante el coro, compuesto de una sociedad de gastrónomos, un debate entre un joven modesto y virtuoso (σώφρων) y otro corrompido (καταπύγων), análogo al que el Justo y el Injusto sostienen en Las Nubes, cuyo objeto es, aunque ampliado y mejorado, el mismo de Los Detalenses.
En la segunda, o sea Los Babilonios, representada en 426 por Calístrato, el poeta echa por otro camino, y principia ya la audaz empresa en que no cejó un punto de hacer del pueblo mismo, de la constitución ateniense y de las resoluciones de los tribunales y la ágora, el objeto de sus comedias. En esta atacó ruda y valientemente, ante el inmenso público que concurría al teatro en las brillantes fiestas Dionisíacas, a muchos magistrados, y especialmente al arrogante Cleón. El demagogo sintió en el alma la ofensa y trató de vengarla citando ante el Senado a Calístrato, que era, por decirlo así, el editor responsable, y acumuló sobre él tales insultos, calumnias y amenazas que le pusieron a dos dedos de su ruina[17]. Contra Aristófanes valiose para inutilizarle de medios indirectos, presentando la grave acusación de usurpación de los derechos de ciudadano, γραφὴ ξενíας, de que el poeta consiguió ser absuelto. La animosidad que entre ambos existía adquirió con esto las proporciones de un odio mortal, que estalló con una violencia sin ejemplo en la célebre comedia Los Caballeros, cuarta de las compuestas por Aristófanes y primera de las presentadas con su nombre. Siguieron a esta otras, hasta cuarenta y cuatro, de las cuales solo se han conservado once, que son, además de Los Acarnienses (Ἀχαρνῆς) y Los Caballeros (Ἱππῆς) ya citados, Las Nubes (Νέφελαι), Las Avispas (Σφῆκες), La Paz (Εἰρήνη), Las Aves (Ὄρνιθες), la Lisístrata (Λυσιστράτη), Las Fiestas de Ceres (Θεσμοφοριάζουσαι), Las Ranas (Βάτραχοι), Las Junteras (Ἐκκλησιάζουσαι) y el Pluto (Πλοῦτος)[18].
Ignóranse, por último, la época y las circunstancias de la muerte de Aristófanes, conjeturándose únicamente que debió ocurrir siendo de edad bastante avanzada, pues su Pluto reformado se representó en el año 390, cuando el poeta debía estar ya en los 62 de su edad, y aún compuso después el Cócalo y el Eolosicón, bien que estos se pusieron en escena por su hijo Araros.
Hechas estas indicaciones biográficas, pasemos ya a ocuparnos del teatro de Aristófanes, diciendo antes, para juzgarle con el debido acierto, algo sobre el origen y carácter de la antigua comedia ateniense, de que fue principal cultivador y es genuino y único representante[19].
La comedia y la tragedia sabido es que nacieron en las fiestas de Baco, cuyo culto, vario sobre manera, contenía una multitud de elementos dramáticos[20]. Pero así como la segunda, inspirada en las fiestas Leneas, tuvo un carácter triste y serio, conforme a los sufrimientos aparentes del dios en aquella solemnidad conmemorados, la primera, nacida en las Dionisíacas campestres, fiestas de vendimia en que el placer de ver terminadas las faenas agrícolas y llenos trojes y lagares se manifestaba con todo género de locuras, lleva hasta en sus menores detalles impreso el sello de la más descompuesta alegría. Parte muy principal de estas fiestas era el comos (κῶμος), festín animado y bullicioso sazonado con picarescos chistes y canciones de sobremesa, al fin de las cuales los convidados, perdiendo su gravedad, se entregaban medio beodos a danzas irregulares y desenvueltas y entonaban a coro un entusiasta himno a Baco en que al dios del vino se asociaban Falo y Fales, representantes de la fuerza generatriz de la naturaleza. A esta canción báquica se la llamaba la Comedia, es decir, el canto del banquete, según la fuerza etimológica de la palabra[21], y solía repetirse en una procesión que a continuación del festín se organizaba. Los comensales, disfrazados con abigarrados vestidos, grotescas máscaras, enormes coronas de hojas y flores, y tiznados de heces de vino y otras sustancias colorantes, recorrían encaramados en carros de labranza el demo o villa en que la fiesta tenía lugar.
Una vez celebrado el dios causa de su alegría, esta especie de ebria mascarada buscaba como blanco de sus burlas al primero que se ofrecía ante su vista, y lanzaba contra él desde la carreta, embrión del futuro tablado escénico, un verdadero diluvio de irrespetuosos chistes, sacando a pública vergüenza todos los defectos, y saltando las barreras del pudor entre las carcajadas y aplausos de la multitud que los rodeaba e iba engrosando a cada instante. En Las Ranas de Aristófanes encontramos vestigios de la costumbre que estamos indicando, pues en ella el coro de Iniciados, después de haber dirigido sublimes himnos a Dionisio-Iaco, los interrumpe sin transición alguna, para exclamar: «¿Queréis que nos burlemos juntos de Arquedemo?» Circunstancia que con otras sirve de base al insigne Müller para considerar las improvisadas burlas de los falóforos como parte esencial del canto báquico.
El cómo y cuándo este rudimento de comedia se perfeccionó y tomó carta de naturaleza en Atenas, convirtiéndose las farsas de la aldea en espectáculo artístico digno de ser saboreado por los ciudadanos más cultos, es cosa que no está bien averiguada. Dejemos a un lado la historia de su oscura gestación, desconocida para los mismos griegos, y hagamos notar tan solo que este género dramático, aun después de su perfeccionamiento, conservó en el fondo todos los caracteres de su origen, siendo, por tanto, la antigua comedia ateniense una composición enteramente distinta de las que con igual título cultivaron Menandro y Filemón, imitaron Plauto y Terencio y se representan en nuestro moderno teatro. Así, al aquilatar su mérito evitaremos el grave error en que escritores de nota han incurrido, porque como dice Schlegel[22], «para juzgar acertadamente al antiguo teatro cómico, es necesario prescindir por completo de la idea de lo que en la actualidad se llama comedia y los griegos designaron también con el mismo nombre. La comedia antigua y la nueva no se distinguen solo por diferencias accidentales, sino que son absoluta y esencialmente diversas. Jamás podrá considerarse la antigua como el principio grosero de un arte perfeccionado después; al contrario, constituye el género original y verdaderamente poético, mientras la nueva únicamente presenta una modificación más cercana a la prosa y a la realidad.»