Nacida la comedia en las regocijadas fiestas Dionisíacas, conservó siempre como carácter distintivo y esencial la alegría franca y desenvuelta que en el canto del comos y los subsiguientes himnos falofóricos e itifálicos dominaban. Buscando los poetas la fuente de lo cómico, y huyendo en sus composiciones de cuanto pudiera ser grave y serio, presentaron los errores, inconsecuencias y debilidades de los hombres como resultado natural del imperio de sus apetitos y de casuales accidentes sin desastrosas consecuencias. Comprendiendo que la alegría rehuye todo fin determinado, y que así como cuando llega a apoderarse de un individuo se manifiesta por saltos desordenados, gritos, carcajadas sin motivo, atrevidas burlas, hasta llegar a una especie de delirio, prescindieron por completo en sus piezas de todo plan y presentaron la Musa cómica a modo de bacante ebria que ya se eleva a regiones ideales, revelando en medio de su beodez la pura esencia de su naturaleza divina, ya desciende al fango de la realidad más repugnante; que enlaza en medio de un caos sin objeto aparente sublimes himnos y obscenas groserías, sabios consejos y virulentas sátiras; y que aspirando a la virtud y a la justicia, propone su ideal a los espectadores entre el bullicio del licencioso córdax y las torpes imágenes del falo. Recordando las improvisaciones carnavalescas y las ocurrencias imprevistas de los falóforos, presentaron sus obras en el tablado escénico como una inmensa chanza, como una especie de bromazo universal, si se nos permite la frase, en que no escapan impunes ni filósofos, ni generales, ni estadistas, ni poetas, ni oradores; en que se revelan los misterios más recónditos de la vida de familia; en que se cruza el rostro con el látigo de procaz ironía al pueblo que presencia, paga y juzga el espectáculo y a los mismos dioses, en cuyo honor se celebra.

De esta suerte la comedia, embriagada, por decirlo así, con su propia alegría y levantada en alas de la imaginación, pasó pronto de la censura del ciudadano particular a mostrar bajo su aspecto cómico, dice un escritor ya citado[23], «toda la constitución social, el pueblo, el gobierno, la raza de los hombres y la de los dioses, dándoles la fantasía con los brillantes toques de su pincel los colores más vivos y originales.»

Atenta únicamente la comedia antigua a rendir culto al dios de la alegría, y apegada siempre a sus tradiciones, no trató en sus censuras de evitar las personalidades[24]; todo lo contrario, designaba al vicioso por su nombre, le presentaba con su propia fisonomía, y si acudía al teatro, lo señalaba con el dedo. De otro modo hubieran parecido insípidas sus sales a los espectadores, ávidos de hallar en ella pasto a su natural malignidad, pues es de advertir que el público que acudía a las representaciones escénicas no era, como en los teatros modernos, en escaso número y formado de las clases más ilustradas, sino el pueblo en masa, que buscaba en aquel espectáculo una distracción análoga a su gusto. Por consiguiente, los poetas quizá hubieran sido silbados implacablemente si, prescindiendo de personalidades, única parte de la comedia inteligible para la mayoría de su auditorio, se hubiesen concretado a presentar obras de pura imaginación como las modernas.

De aquí el carácter predominantemente político que, conformándose a la afición a intervenir en el gobierno y a la constitución democrática de Atenas, llegó a revestir la comedia antigua, convirtiendo la escena en una segunda tribuna y juzgando con una audacia solo posible dado el buen sentido de los atenienses, las decisiones que el pueblo adoptaba en la ágora y proponiendo además reformas y medidas que le han dado cierta semejanza con la prensa periódica moderna. Así es que, no contenta todavía con las alusiones más o menos directas que en el decurso del diálogo van como bordando el velo alegórico que constituye generalmente la trama de las mismas, había un punto en que toda ficción se suspendía, en que se cortaba la acción, y el poeta se presentaba frente a frente a los espectadores, para decirles paladinamente en la Parábasis cuanto creía oportuno sobre los más graves negocios del Estado o sus asuntos particulares. En ella el corifeo, quitándose la máscara, no es ya un simple actor que se dirige a los concurrentes a un espectáculo, sino el orador que arenga a una asamblea. De este modo, como afirma Platón con una ironía que manifiesta el extremo a que la influencia de los cómicos alcanzaba, la república ateniense llegó a ser una Teatrocracia verdadera[25].

En esta forma determinada llegó la comedia a Aristófanes, quien no introdujo en ella más modificaciones que las que un ingenio superior da inevitablemente a cuanto toca con sus manos. ¿Habrá, pues, derecho a exigirle en sus obras méritos y perfecciones impropios de las mismas, dada la diferencia esencial que hemos señalado entre la antigua comedia y la moderna? ¿No podría el poeta favorito de las Gracias, rechazar como impertinente el interrogatorio a que el Abate Andrés le sujeta al hacerle comparecer ante la autoridad de su crítica?[26] ¿No tendría derecho cuando el erudito Aristarco le exige un plan bien ideado y regular, una acción ligada, bien seguida y acabada, pinturas justas y fieles, caracteres bien expresados y distintos, y afectos bien manejados, a contestarle: todo eso que echas de menos en mis dramas es grave y serio, y en su composición yo no he tenido más objeto aparente que la alegría; y la alegría solo existe cuando se rechaza todo plan y toda traba; cuando se desarrollan de un modo inesperado todas las facultades de nuestra alma; cuando el pensamiento abandona sus trilladas sendas y vuela por la región de lo imprevisto; cuando se reúne lo extraordinario, lo inverosímil, lo maravilloso y lo imposible con las localidades más conocidas y los usos más familiares; cuando se inventa una fábula atrevida y fantástica, con tal que sea propia para sacar a luz caracteres extravagantes y situaciones ridículas; cuando con la rapidez del rayo se arranca su máscara al vicio y se disimula la indignación bajo una estrepitosa carcajada; cuando, en una palabra, se toman como a juego las cosas más graves y se presentan bajo el disfraz de divertida chanza?[27]

Para convencerse de que Aristófanes fue, en efecto, digno intérprete de Talía, y de que poseyó, como nadie, ese talento especial y precioso de regocijar los ánimos, al que se ha dado el expresivo nombre de vis cómica, no hay más que leer sin preocupaciones sistemáticas ni espíritu de escuela cualquiera de sus obras, y no se podrá menos de confesar que la serie de escenas que las constituyen revelan tal ingenio, tal profusión de sales y de gracias, que si el aparato escénico, los trajes, las danzas y la música eran dignas de las concepciones del poeta, debieron producir en los espectadores, dice Müller, una verdadera embriaguez cómica.

No se crea, sin embargo, que la comedia es en manos de Aristófanes un simple juego de la fantasía, propio solo para divertir a los niños y a la plebe más rústica y soez. Todo lo contrario. Parecida a aquellas grotescas imágenes de sátiros que contenían en su interior la estatua de una divinidad, oculta siempre bajo el revuelto vaivén de sus locuras, liviandades y chocarrerías, el oro de un profundo pensamiento moral y la constante aspiración a un ideal más perfecto, buscado entre las heces de la realidad.

Perfectamente persuadido Aristófanes de la altísima misión de los poetas, lleno de ardiente patriotismo, y amante de la justicia y la virtud, ataca, como Cervantes, con aquellas terribles gracias, φοβεράς χάριτας[28], de que poseía inagotable caudal, todos los vicios y abusos que minaban en su tiempo la existencia de la república ateniense o contribuían a extraviar el buen sentido en el orden religioso, literario y moral.

Así es que de las once comedias que de él se han conservado, unas son predominantemente políticas, como Los Acarnienses, Los Caballeros, la Lisístrata y La Paz, y se refieren a la guerra del Peloponeso, aconsejan su terminación y atacan rudamente a los ambiciosos demagogos que conseguían captarse el aura popular; otras, como Las Avispas, Las Junteras y el Pluto, van dirigidas con especialidad contra abusos introducidos en la interna administración de la república por la viciosa organización de los tribunales y las discusiones de la ágora, y tratan de atajar el mal que la predicación de ciertas utopías filosóficas podían llegar a producir; otras, como Las Fiestas de Ceres y Las Ranas, son verdaderas sátiras literarias en las cuales el poeta trata de contener la decadencia del arte trágico, iniciada en Eurípides y Agatón; otras, en fin, como Las Nubes y Las Aves, atacan la viciosa educación que a la juventud daban los sofistas, o presentan, en el cuadro más animado y pintoresco que ha podido crear la humana fantasía, una especie de resumen de cuantos vicios, abusos y ridiculeces son objeto de especial censura en las demás.

Mas para salir victorioso en esta gigantesca lucha contra la injusticia, las preocupaciones y el error, el poeta hubo de acudir a todos los resortes de su ingenio, y doblegarse a la dura necesidad de dar gusto lo mismo a la parte más sensata de su auditorio, que era naturalmente la menor, que a la multitud ignorante, grosera y afiliada por añadidura a un partido contrario al que Aristófanes se creía obligado a defender. Por eso, sin duda, y teniendo además presente la derrota de Cratino, expulsado del teatro por no haber sazonado su comedia con los inmundos chistes que eran de rigor, nuestro poeta mancha con excesiva frecuencia el espléndido ropaje de su Musa con impúdicas sales, licenciosos cuadros, frases malsonantes, equívocos bajos y pueriles, y recursos escénicos de pésimo gusto y mala ley. Al decir esto, no pretendemos defenderle a fuer de ciegos apologistas; pero sí creemos oportuno advertir, como circunstancia que atenúa notablemente la gravedad de esas faltas, que más que del poeta son de la corrompida sociedad y de la época en que vivió, a la cual, si le indignase el verse pintada tan al vivo y con tan repugnantes colores, pudiera decirse con Quevedo: