Arrojar la cara importa,
Que el espejo no hay por qué.
Pues es de notar que entre los méritos que, aparte de los literarios, hacen sobremanera interesante el teatro de Aristófanes, figura en primera línea el de ser un verdadero retrato de la república ateniense en el interesante período de la guerra del Peloponeso, así como el más completo monumento que de las costumbres griegas nos ha legado la antigüedad. Y tan exacto es esto, que se cuenta que deseando Dionisio el Joven conocer a fondo la situación de Atenas, el divino Platón le envió como el libro más adecuado las comedias de Aristófanes; y en nuestros días, para citar un solo testimonio entre mil, el docto Macaulay[29] las prefiere para igual objeto a las admirables historias de Tucídides y Jenofonte.
Entiéndase, por supuesto, que al utilizar los dramas de Aristófanes como documentos históricos, hay que proceder con la necesaria discreción para prescindir de todas aquellas exageraciones, errores y aun calumnias en que el espíritu de partido, la enemistad personal, el amor propio lastimado y otras debilidades humanas hicieron incurrir al poeta, especialmente al ocuparse de Lámaco, Cleón, Eurípides y Sócrates.
Pues aunque Aristófanes, según él mismo dice y manifiesta, creía obrar siempre a impulsos de un pensamiento generoso, como no era ni un sabio ni un santo, no pudo librarse en todas sus censuras del ofuscamiento de las pasiones y el error. Por eso confundió lastimosamente a Sócrates con aquella muchedumbre de sofistas, corruptores del arte y de la moral y peligrosos maestros de la juventud, y envolviéndole quizá en el profundo aborrecimiento que sentía contra Eurípides, de quien el ilustre filósofo fue amigo, le escarneció en Las Nubes, sembrando las calumnias que veinticuatro años más tarde sirvieron de base a su condenación. Fue esta una falta de que no habremos de disculparle, por más que ni seríamos los primeros, ni faltarían razones sólidas que alegar; pero creemos sumamente injusto el que algunos críticos, haciendo solidarios los errores del hombre con los del literato, se ensañen por este motivo contra Aristófanes hasta el punto de negarle, por decirlo así, el pan y la sal, y tratar de expulsarle ignominiosamente del Estado de las letras, sin darle siquiera aquella honorífica corona que Platón concedía a los vates al desterrarlos de su república ideal.
Al hacer esta indicación, bien se comprenderá que nos referimos especialmente a Plutarco[30], que en su violenta diatriba contra Aristófanes en parangón con Menandro, punto de partida de muchas críticas posteriores, aparte de comparar la poesía aristofánica a una vieja e hipócrita ramera, tan insoportable a las personas sensatas como a la más abyecta multitud, llega hasta motejar su estilo, desconociendo aquel aticismo seductor, encanto de San Juan Crisóstomo, y en cuyo honor compuso Platón, autoridad nada sospechosa en la materia, el sabido dístico en que se hace del alma de Aristófanes el indestructible santuario de las Gracias.
Se necesita, en efecto, todo el apasionamiento y ceguedad del autor de un tratado sobre la Malignidad de Heródoto para negar al lenguaje de Aristófanes esa magia indescriptible, ese perfume delicioso que se percibe todavía a pesar del trascurso de tantos siglos, raro conjunto de elocución sublime y familiar, de elegancia y rudeza, de giros graciosísimos mezclados a palabras de incomensurables dimensiones, siempre exacto, puro, flexible, conciso y espontáneo, y siempre encajado por decirlo así, en la pauta de una versificación rica, variada, armoniosa e irreprochable.
Mucho pudiéramos decir todavía sobre el Teatro de Aristófanes y los encontrados juicios a que ha dado lugar, pero creemos que las observaciones apuntadas bastan para preparar el ánimo del que emprenda la lectura de sus comedias con la imparcialidad debida. Solo nos resta, pues, reclamar mucha indulgencia para nuestra traducción, que por ser nuestra y la primera que aparece en lengua castellana, necesariamente debe adolecer de infinitos defectos. Al hacerla hemos seguido el texto de Aristófanes, corregido por Dindorf y publicado en 1867 por Fermín Didot en su Bibliotheca græca, habiendo tenido también a la vista, entre otros trabajos, las ediciones de Brunck (Londres, 1823), Boissonade (París, 1826) y Bergk (Leipzig, 1867). Para las notas, que necesariamente han de abundar en un autor todo alusiones, parodias y alegorías, hemos acudido principalmente a los escolios griegos, procurando apartarnos en ellas de todo cuanto pudiera parecer de mera erudición. Y finalmente, en la versión hemos procurado ceñirnos todo lo posible a la letra, adecentando a menudo con el velo de la perífrasis sus obscenas desnudeces, y poniendo al pie la interpretación latina de Brunck, excepto en aquellos pasajes, poco frecuentes por fortuna dadas las costumbres griegas, en que lo nefando del vicio nos ha obligado a suprimirlos o a dejarlos en el idioma original.