Ya sé yo donde se ha adobado[289] esta conspiración.
EL CHORICERO.
Si tú no supieses adobar pieles, yo no sabría hacer embutidos; tú que vendías a los labradores la piel de un buey enfermo, curtida de suerte que parecía más gruesa, y apenas la habían llevado un día se estiraba dos palmos.
DEMÓSTENES.
¡A mí me jugó la misma mala pasada! ¡Cuánto se burlaron mis compañeros y vecinos! Antes de llegar a Pérgasas[290] ya nadaba en mis zapatos.
CORO.
¿No has hecho desde el principio ostentación de desvergüenza, arma única de los oradores? Tú, que eres el jefe de esa impudente gavilla, sonsacas a los extranjeros opulentos; por eso el hijo de Hipodamo[291] llora cuando te mira; pero ha aparecido, ¡cuánto me alegro!, otro hombre más bribón que tú, que te arrojará del puesto, y, a lo que parece, te vencerá en audacia, intrigas y maquinaciones. (Al Choricero.) Tú, que te has criado aquí,[292] de donde salen los hombres que valen algo, demuéstranos cuán inútil es una educación honrada.
EL CHORICERO.
Escuchad, pues, quién es este ciudadano.
CLEÓN.