CLEÓN.

De Atenas, de Pilos, de ti, de mí, de todas las cosas.

PUEBLO.

Y los tuyos, ¿de qué?

EL CHORICERO.

De Atenas, de lentejas, de Lacedemonia, de alachas frescas, de los que venden en la plaza mal el grano, de ti, de mí. ¡Chúpate esa, Paflagonio![390].

PUEBLO.

Leédmelos, leédmelos, y sobre todo aquel que tanto me agrada porque vaticina que seré un águila cerniéndome en las nubes.

CLEÓN.

Escucha, y fíjate bien: «Medita, hijo de Erecteo, sobre el sentido de este oráculo, que Apolo pronunció desde su santuario impenetrable, por medio de los trípodes venerandos. Te manda guardar al sagrado can de agudísimos dientes, que ladrando y desgañitándose por ti, defiende tu salario; si así no lo hicieres, morirá. Mil grajos envidiosos graznan contra él.»