PUEBLO.
Por Ceres, no he entendido una palabra de toda esa jerigonza. ¿Qué tiene que ver Erecteo con los perros y los grajos?
CLEÓN.
Yo soy aquel perro que ladro por ti, y Apolo te dice que me guardes.
EL CHORICERO.
No dice semejante cosa; pero ese perro roe los oráculos lo mismo que tu puerta: yo tengo uno que canta claro respecto a ese sagrado can.
PUEBLO.
Dilo: antes voy a coger una piedra, no se le antoje morderme a ese oráculo que habla del perro.
EL CHORICERO.
«Desconfía, hijo de Erecteo, del Cancerbero traficante en hombres, que mueve la cola y te mira cuando cenas, dispuesto a arrebatarte la comida si vuelves la cabeza para bostezar. A la noche penetrará cautelosamente en la cocina, y con perruna voracidad te lamerá los platos y las ollas.»