Y yo, Pueblo, te cuidaré con tal solicitud que tendrás que confesar que nunca has visto un hombre más adicto a la república de los papanatas.

(Vanse.)


CORO.

«¿Hay nada más hermoso que principiar y concluir nuestros cantos celebrando al conductor de rápidos corceles»[419], en vez de herir con ultrajes gratuitos a Lisístrato o a Teomantis[420] privado hasta de hogar? Este, divino Apolo, derramando lágrimas arrancadas por el hambre, se abraza suplicante a tu carcaj en Delfos para evitar el rigor de la miseria.

Nadie critica que se censure a los malvados; todos los hombres discretos lo consideran como un tributo a la virtud. Si la persona cuyas infamias voy a delatar fuese muy conocida, no haría mención de otro amigo. Nadie ignora quién es Arignoto[421], a menos de no saber distinguir lo blanco de lo negro, ni el modo ortio de los demás. Pero este tiene un hermano que no lo es ciertamente en las costumbres, el infame Arífrades[422], perverso a sabiendas, y no solo perverso (si así fuese nada diría), ni solo perversísimo, sino inventor de nefandas torpezas...

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Quien no deteste con toda su alma a semejante hombre, no beberá jamás en nuestra copa.

Muchas veces medito durante la noche sobre la causa de la voracidad de Cleónimo. Dicen que devorando como un animal los bienes de los ricos, no pueden apartarle de la cesta del pan, viéndose obligados a decirle: «Vete, por piedad; déjanos algo en la mesa.»