Cuentan que el otro día se reunieron las naves para tratar de sus asuntos, y que la más vieja de todas dijo: «¿Habéis oído, amigas mías, lo que pasa en la ciudad? Un tal Hipérbolo[423], ciudadano perverso e inútil como el vino picado, ha pedido cien de nosotras para una expedición a Calcedonia»[424]. Dicen que esto pareció insoportable a las trirremes, y que una de ellas, virgen todavía, exclamó: «Por todos los dioses, antes consentirá Naufante, hija de Nausón, ser roída por la carcoma y pudrirse de vieja en el puerto, que tener por dueño a un hombre semejante. ¡Tan cierto como estoy hecha de tablas y de brea! Si los atenienses aprueban esa proposición, no nos resta más recurso que navegar con rumbo al templo de Teseo o al de las Euménides[425], y detenernos allí. De este modo no le veremos insultar a la república mandando la escuadra; váyase a los infiernos, botando al agua aquellos cajones en que vendía lámparas.»
AGORÁCRITO.
Guardad el silencio sagrado, plegad los labios y absteneos de citar testigos: ciérrense las puertas de los tribunales, delicias de la república, y retumbe en todo el teatro un jubiloso peán[426] en celebridad de las nuevas felicidades.
CORO.
¡Antorcha de la sagrada Atenas, salvador de nuestras islas! ¿Qué fausta nueva nos anuncias? ¿Qué dicha es esa que llenará nuestras plazas con el humo de los sacrificios?
AGORÁCRITO.
He regenerado a Pueblo[427], y lo he hermoseado.
CORO.
Y ahora, ¿dónde está?, ¡oh inventor de cambio tan prodigioso!