Ensoberbecidos con su ingenio, disputaban atrevidamente de omni re scibili, y sostenían indistintamente el pro y el contra en todas las cuestiones, llegando, por este funesto modo de filosofar, a convertir la varonil elocuencia antigua en un arte de disputar artificiosamente, a llevar las inteligencias al escepticismo y a la negación de los dioses, y a relajar los más fuertes vínculos sociales con la predicación de una moral cuyo único móvil era el carpe diem y el placer. «El talento de hacer justo lo injusto, e injusto lo justo, que orgullosamente se atribuían, debía de ser, dice Schœll, siguiendo a Heeren[442], extremadamente peligroso en sus relaciones con la vida civil; pero aún producía un mal mayor, cual es el de echar por tierra el sentimiento de la verdad, que deja de ser respetable desde el momento en que se la considera discutible.»

Aristófanes, que siempre estaba con el látigo levantado contra todo abuso y todo error, lo descargó también sobre estos maestros ateos, vanos e inmorales, impulsado por el noble, levantado y patriótico pensamiento de restaurar aquel sistema de enseñanza que formó los héroes de Maratón e hizo reinar en las costumbres la modestia y la virtud; pero al hacerlo cometió la imperdonable falta de elegir como blanco de sus tiros y personificación de los sofistas la venerable figura de Sócrates, que era precisamente el más declarado de sus enemigos. ¿Qué motivo pudo impulsar a Aristófanes a semejante elección y a acumular sobre la cabeza del virtuoso filósofo los anatemas con que quiere confundir la nueva educación? ¿Por qué acusar de corruptor de la juventud al que solo pretendía dirigirla al bien, de ateísmo al hombre más piadoso, de avaricia al más generoso y desprendido, y de perderse en nebulosas especulaciones al que sentaba toda su filosofía sobre la base práctica de la moral? Digámoslo en dos palabras: por la misma popularidad de Sócrates y su especial manera de enseñar. Sócrates, que no explicaba dentro del recinto de una escuela, sino en los lugares más concurridos; que empleaba todos los recursos de su natural gracejo en la disputa y en la exposición de sus doctrinas, era indudablemente el filósofo más conocido de los atenienses, y sin duda por eso lo eligió Aristófanes para personificar en él toda la filosofía de su tiempo, obedeciendo a la necesidad de dar unidad a su comedia y de no convertirla en una polémica insípida o pedante.

Es preciso, además, tener en cuenta que Sócrates, como todos los genios, quizá no lo apareciera ante los ojos de sus contemporáneos hasta que su muerte depuró en él, por decirlo así, toda aquella especie de imperfección que empequeñece, cuando se las mira de cerca, las más grandes figuras. Desde luego, aun los más furiosos detractores de Aristófanes no podrán menos de confesar que había motivo para engañarse al apreciar las miras del mártir de la cicuta, cuando se le veía discutir con chistes y cuentecillos entre la plebe menos ilustrada, o dar consejos de arte amandi a la bella cortesana Teodota.

Esta singular conducta, cuando sus altos fines no eran bien conocidos, se prestaba indudablemente al ridículo; y por eso Sócrates, que despreciaba las vulgares preocupaciones que acerca de él existían, fue el blanco, como dice Séneca, de las envenenadas burlas de los cómicos. Porque no fue solo Aristófanes quien le escarneció en el teatro; Éupolis y Amipsias le llamaron vanidoso, mendigo y ladrón, y es de creer que también otros, dada la declarada guerra que entre poetas cómicos y filósofos y trágicos existía.

No pretendemos con esto, justificar a Aristófanes, sino hacer constar que, al componer Las Nubes, aparte de lo indisculpable de la sátira personal y calumniosa, procedió de buena fe, aunque con criminal ligereza, por haber confundido a Sócrates con la turba de sofistas cuya peligrosa enseñanza quería desterrar.

De todos modos, sus insultos no hallaron eco, por esta vez, en el público de Atenas, que, acostumbrado a la extremada licencia de los cómicos, tomaba a risa sus ultrajes y calumnias, o los consideraba como grandes exageraciones. Pues solo así se comprende que aplaudiese a un mismo tiempo los ataques de Aristófanes a Eurípides y su sistema dramático, y las tragedias del inspirado poeta. Sócrates, según irrecusables testimonios, continuó después de representadas Las Nubes siendo querido y respetado, y no pareció guardar resentimiento alguno contra su calumniador. Platón y Jenofonte, sus más afectos discípulos, tampoco tienen para él ni una palabra de censura: al contrario, el primero compuso en su honor un lisonjero dístico y le presentó en el Banquete, conversando amigablemente con el maestro sobre las interesantes teorías del arte, la belleza y el amor.

En vista de estos elocuentes hechos y de haber trascurrido nada menos que veinticuatro años entre la primera representación de Las Nubes y la muerte de Sócrates, ha caído ya en descrédito la opinión de que la comedia aristofánica fue la causa principal de la injusta condena del filósofo. Verdad es que sus enemigos presentaron contra él las mismas acusaciones que en Las Nubes se le hacen; pero también es cierto que no pasaron de ser pretextos especiosos acogidos por un tribunal decidido a condenar a muerte al que había osado censurar la tiranía de los Treinta, y los atropellos de Nicias[443].

Quitado de Las Nubes el nombre de Sócrates, queda esta comedia como una de las más perfectas de Aristófanes. Muy lisonjeros juicios se han formulado sobre ella; pero como entre los más acertados figura el que mi particular amigo D. Fermín Herrán tuvo la bondad de poner al frente de mi versión en el año 1875, lo inserto a continuación, aprovechando esta oportunidad de agradecerle los amables o inmerecidos elogios de que entonces me colmó.

«El argumento de Las Nubes es sencillísimo; parécese en esto a algunos de nuestros autos sacramentales en que la acción se desenvuelve sin tropiezo, sin incidentes que la compliquen, ni episodios que la armonicen; ligera, sencilla y fácilmente comprensible.

»Estrepsiades, personaje que Aristófanes nos presenta como la personificación del fraude, tipo que excita la repugnancia, sin dejar de interesar por eso, es un hombre que agobiado de deudas y no teniendo con qué pagarlas, discurre los medios de burlar a sus acreedores dejando a salvo su responsabilidad, única cosa que le atemoriza, no por la nota que sobre él podrá echar, sino por la materialidad del pago a que se vería obligado. Y en vez de recurrir a la economía, disminuyendo sus gastos, deshaciéndose de lo superfluo, o arbitrando recursos de cualquiera manera, cree haber resuelto la cuestión enviando a su hijo Fidípides a la escuela de Sócrates, donde debía aprender a convencer con su elocuencia a los más reacios de sus acreedores, logrando de este modo, y en caso de ser citado a juicio, ganar el pleito obteniendo sentencia favorable, para lo cual había de llevar prevenidos dos discursos, uno justo y otro injusto. Pero, en un principio, su hijo Fidípides, que está muy lejos de ser un modelo de respeto y cariño filial, se niega a ir a la escuela, pretextando la antipatía que siente por aquellos sabios, viéndose Estrepsiades obligado a presentarse él mismo en la escuela, donde es admitido, empezando a recibir las lecciones de Sócrates, que renuncia a sacar partido de un discípulo tan estúpido y desmemoriado que solo recuerda de lo que le enseñan aquello que tiene relación con la manía que le ocupa. Viendo que por sí mismo nada consigue, logra, si no convencer, persuadir a su hijo a entrar en la escuela, de donde sale con los conocimientos que deseaba, los cuales emplea, no en salvar a su padre de los rigores de una sentencia inminente, sino en cohonestar con argucias o sofismas su conducta depravada; lo que obliga a Estrepsiades a renegar del talento de su hijo y maldecir la hora en que abrigó la idea de que lo adquiriese. Ansiando tomar venganza de los autores de su mal, quema la casa de Sócrates, y termina la comedia.

»Como se ve, la acción marcha por sí sola, sin que nada la detenga ni precipite; y la moral, aunque un poco tergiversada, es clara y provechosa, y pudiera condensarse en estas palabras: “del mal no puede venir el bien”.

»Por el argumento no podría llamarse a Aristófanes notable dramático, toda vez que el ingenio más mediano es capaz de concebir un asunto tan sencillo; pero hay circunstancias que le avaloran y engrandecen, poniendo a su autor en elevado lugar.

»El diálogo, siempre vivo y animado, se hace notable e interesa por la oportunidad de las réplicas y agudeza de las observaciones. La sátira punzante que encierra, las transparentes alusiones que pone en boca de sus personajes le recomiendan y enaltecen, y los chistes en que abunda hacen la acción amena e interesante, en sumo grado: la intervención del coro podría hacerla pesada y algo monótona, pero es necesaria, toda vez que el comentario puesto en su boca hace las veces de moraleja, ilustración del texto y explicaciones de los pasajes, además de que, dadas las costumbres de entonces en aquel país, no podía prescindirse de él.

»Cuanto de ridículo tienen algunos personajes de la comedia está sacado a luz con tanta gracia, con tal oportunidad, que a pesar de reconocer muchas veces la injusticia y encono de los tiros, se aplaude la puntería en gracia del chiste.

»En los episodios, en ciertas escenas, en determinadas situaciones, luce esplendorosa la habilidad del autor de Las Nubes. El diálogo entre lo Justo y lo Injusto es admirable y verdadera obra maestra de ática ironía. El poner en boca del hijo, niño mimado e insolente, los sofismas que para defender lo contrario, o al menos lo distinto, ha expuesto el padre, bonachón y débil, es de éxito grande y efecto oportuno, como lo es la famosa escena entre el viejo y el filósofo, cuya irónica gracia, cuya petulancia e intención son muy superiores a todo encarecimiento.

»Sintetizando: argumento sencillo, lenguaje selecto, diálogos chispeantes y animados, caracteres bien dibujados y correctos, episodios divertidos o interesantes.»

La representación de Las Nubes tuvo lugar, según la opinión más probable, el año primero de la Olimpiada ochenta y nueve, o sea el 424 a. J. C. El mismo Aristófanes lo indica al lamentarse de su mal éxito en la parábasis de Las Avispas, representadas el 423, y al hablar en aquella comedia de Cleón, como si viviese todavía, siendo así que el célebre demagogo murió en el año décimo de la guerra del Peloponeso, que corresponde al segundo de la Olimpiada ochenta y nueve.