AGORÁCRITO.
Uno pequeño. No le impondré más que el de ejercer mi antiguo oficio: vender chorizos en las puertas, y picar carnes de perros y burros[441]. Cuando se embriague, reñirá con las prostitutas, y no beberá más agua que la de las bañeras.
PUEBLO.
Excelente idea: nadie más digno que él de destrozarse a denuestos con los bañeros y prostitutas. En recompensa de tantos beneficios te invito a venir al Pritaneo y a ocupar en él la silla de aquel miserable. Sígueme y coge esa túnica verde-rana. Conducid al Paflagonio al sitio donde ha de ejercer su oficio, para que lo vean los extranjeros a quienes solía ultrajar.
FIN DE LOS CABALLEROS.
LAS NUBES.
NOTICIA PRELIMINAR.
«El año último dirigió el poeta sus ataques contra esos vampiros que, pálidos abrasados por incesante fiebre, estrangulaban en las tinieblas a vuestros padres y abuelos, y acostados en el lecho de los ciudadanos pacíficos, enemigos de cuestiones, amontonaban sobre ellos procesos, citaciones y testigos, hasta el punto de que muchos acudieron aterrados al polemarca. Y esto no obstante, el año pasado abandonasteis al intrépido defensor que puso todo su ahínco en purgar de tales monstruos a la patria, precisamente cuando sembraba pensamientos de encantadora novedad, cuyo crecimiento impedisteis por no haberlos comprendido bien. Sin embargo, el autor jura a menudo, entre estas libaciones a Baco, que jamás oísteis mejores versos cómicos. Vergonzoso es que no comprendieseis de seguida su intención profunda; pero al poeta le consuela el no haber desmerecido en la opinión de los doctos, aunque se hayan estrellado sus esperanzas por vencer en audacia a sus rivales.»
Así explica Aristófanes, en la Parábasis de Las Avispas, el objeto de Las Nubes, y el elevado concepto que tenía formado de esta comedia, una de las más hermosas creaciones de su fantasía. Las Nubes son, en efecto, una sátira ingeniosa y trascendental de los vicios que en la educación iban introduciéndose merced, especialmente, a la influencia de los sofistas, ídolos entonces de la juventud, que frecuentaba solícita sus escuelas. Los sofistas habían aparecido en Atenas en tiempo de Pericles, y, abusando de la invención de Zenón el eleático, esgrimieron las armas de la dialéctica para satisfacer sus miras interesadas y ambiciosas. En sus discursos, exornados con todas las galas de la oratoria, no se proponían como objeto principal la demostración científica de un sistema de verdades, sino el deslumbrar a sus oyentes, sosteniendo, con aquellos falaces argumentos que de ellos han recibido el nombre de sofismas, las más absurdas conclusiones y extrañas paradojas.