CORO.

Sabios espectadores, parad en esto la atención. Nos quejamos de la injusticia con que nos tratáis; puesto que recibiendo de nosotras vuestra ciudad más beneficios que de todos los demás dioses, sin embargo ni sacrificáis ni hacéis libaciones en honor de vuestras conservadoras. Si se decreta alguna expedición insensata, inmediatamente tronamos o llovemos. Cuando elegisteis general al zurrador Paflagonio[513], enemigo de los dioses, fruncimos las cejas y dimos muestras de grande indignación; brilló el rayo acompañado de los estallidos del trueno; la luna abandonó su acostumbrado camino; y el sol[514], retirando su antorcha, negó sus resplandores a la tierra si Cleón era general. Sin embargo, le elegisteis, y desde entonces dicen que todas vuestras determinaciones son desacertadas, pero que los dioses convierten en buenas las faltas que cometéis. Os enseñaremos fácilmente la manera de aprovecharos de esto: apoderaos de Cleón[515], de esa gaviota voraz, y, después de condenarle por ladrón y sobornador, encabrestadlo y ahorcadle contra una viga: de esta manera repararéis vuestra falta y conseguiréis que produzca resultados en favor de la república.

SEMICORO.

Acude tú también, Febo soberano, dios de Delos, habitante de las elevadas y rocallosas cumbres del Cintio; y tú, Diana inmortal, que tienes en Éfeso un templo de oro, donde te sirven magníficamente las hijas de los lidios; y tú, Minerva, diosa de nuestra patria, señora de la égida, patrona de esta ciudad; y tú, alegre Baco, que vagas por la cima del Parnaso, al resplandor de las teas, entre las bacantes de Delfos.

CORO.

Cuando íbamos a marchar, la luna se ha acercado a nosotros y nos ha encargado en primer lugar que saludemos a los atenienses y a sus aliados. Después se ha mostrado enojada por la manera atroz con que la habéis tratado, cuando ella os presta mil servicios no de palabra sino de obra. Primeramente os economiza lo menos un dracma de luz cada mes; puesto que todos los que salen al oscurecer dicen a su criado: «No compres antorchas porque la luz de la luna es muy hermosa.» También dice que os hace otros muchos beneficios. Vosotros, en cambio, alteráis de un modo lamentable el orden de los días[516]. Así es que en todos ellos tiene que sufrir las quejas de los dioses cuando vuelven a sus palacios, frustradas sus esperanzas de una cena que debía ofrecérseles según el primitivo orden de los días. Cuando es ocasión de hacer sacrificios, os halláis ocupados en los tribunales. Cuando uno ayuna llorando la muerte de Memnón o de Sarpedón[517], otros ríen y beben. Por eso nosotras hemos arrebatado su corona a Hipérbolo, cuando, designado por la suerte, acudía este año a la asamblea de los Anfictiones. Así aprenderá a arreglar los días conforme a las revoluciones de la luna.


SÓCRATES.

Juro por la respiración, por el caos y por el aire, no haber visto nunca un hombre tan grosero, tan estúpido y tan olvidadizo. Las sutilezas más sencillas las olvida antes de haberlas aprendido. Sin embargo, le llamaré a la luz del día. ¡Hola, Estrepsiades! Sal aquí y tráete la cama.

ESTREPSIADES.