DICEÓPOLIS.

Ya sale otro charlatán a la palestra.

TEORO.

No hubiéramos permanecido tanto tiempo en Tracia...

DICEÓPOLIS.

Es verdad, si no hubieras percibido tan crecido sueldo.

TEORO.

Si toda la Tracia no hubiera estado cubierta de nieve y helados sus ríos, precisamente cuando Teognis[83] hacía representar aquí sus tragedias. Mientras tanto, pasé el tiempo en beber con Sitalces[84], que es aficionadísimo a los atenienses y nos quiere de veras; a tal punto llega su afecto que ha escrito en la muralla: «Hermosos atenienses.» Su hijo[85], a quien nombramos ciudadano, deseaba comer salchichas en las Apaturias[86], y rogaba a su padre que os auxiliase; este, atendiendo su súplica, ha jurado en un sacrificio, que había de venir a socorrernos con tan numeroso ejército, que los atenienses exclamarían al verlo: «¡Qué nube de langostas!»

DICEÓPOLIS.

¡Que muera desastrosamente si creo una sola palabra de cuanto has dicho, excepto lo de las langostas!