CORO.
Vais a demostrar ahora por medio de artificiosas palabras, sutiles pensamientos y profundas sentencias cuál de vosotros es más hábil en el arte oratoria. Hoy se debaten grandes asuntos de la filosofía, por la cual mis amigos libran un gran combate. Tú, que inspiraste a los antiguos tan buenas costumbres, levanta la voz en defensa de tu causa favorita, y danos a conocer tu carácter.
EL JUSTO.
Voy a decir cuál era la educación antigua, en los tiempos florecientes en que yo predicaba la justicia, y la modestia reinaba en las costumbres. En primer lugar, era necesario que ningún niño pronunciase imperfectamente. Los que vivían en un mismo barrio, iban a casa del maestro de música, recorriendo modestamente las calles desnudos y en buen orden, aunque la nieve cayese tan espesa como la harina del cedazo: después se sentaban con las piernas separadas y se les enseñaba o el canto «Temible Palas, destructora de ciudades», o el que principia «Grito resonante a lo lejos», conservándoles el aire que les habían dado sus antepasados. Si alguno de ellos trataba de hacer alguna payasada, o cantar, imitando los modos de Quíos y Sifnos, con las muelles inflexiones inventadas por Frinis[537], y que hoy gozan de tanta popularidad, era inmediatamente castigado con sendos azotes por enemigo de las Musas. En el gimnasio debían sentarse con las piernas extendidas para no enseñar ninguna indecencia; y cada cual al levantarse debía remover la arena, cuidando de no dejar a los amantes ninguna huella de su sexo. Ningún niño se ungía entonces más abajo del ombligo, floreciendo en sus vergüenzas un vello suave como el de las manzanas; ni se ofrecía por sí mismo a un amante con dulces inflexiones de voz y miradas lascivas. No les era permitido comer rábanos, ni el anís, reservado a los viejos, ni apio, ni peces, ni tordos[538], ni poner una pierna sobre otra[539].
EL INJUSTO.
Todo esto es antiquísimo y coetáneo de las fiestas Diipolias[540], llenas de cigarras[541], del poeta Cécidas[542] y de las Bufonias.
EL JUSTO.
Sin embargo, esta fue la educación que formó a los héroes que pelearon en Maratón. Tú en cambio les enseñas a envolverse en seguida en sus vestidos; así es que me indigno, cuando, si les es necesario bailar en las Panateneas, veo a algunos cubriéndose con el escudo, sin cuidarse de Minerva. Por lo tanto, joven, decídete por mí sin vacilar; y aprenderás a aborrecer los pleitos, a no acudir a los baños públicos, a avergonzarte de las cosas torpes, a indignarte cuando se burlen de ti, a ceder tu asiento a los ancianos que se te acerquen, a conducirte bien con tus padres, y a no hacer nada deshonesto, porque debes de ser la imagen del pudor; a no extasiarte ante las bailarinas, no sea que mientras las miras como un papanatas, alguna meretriz te arroje su manzana[543], con detrimento de tu reputación; a no contradecir a tu padre, ni, burlándote de su vejez, recordar los defectos del que te ha educado.
EL INJUSTO.
Cree lo que este dice, y, por Baco, te parecerás a los hijos de Hipócrates[544], y te llamarán el tonto.