Bien pálido, me parece, y bien miserable.

CORO.

Id, pues; creo que te arrepentirás algún día. (Entran en la escuela de Sócrates.) Queremos deciros, jueces, lo que ganaréis si nos otorgáis la protección merecida. En primer lugar, al principio de la primavera, cuando queráis labrar vuestras tierras lloveremos antes para vosotros y en seguida para los demás; después, cuando vuestras viñas tengan ya racimos, cuidaremos de que no las perjudiquen ni la sequía ni la excesiva humedad. Pero, si algún mortal nos ofende, piense en los muchos males que le reserva nuestra venganza. No recogerá de su campo vino ni fruto alguno; cuando principien a brotar sus vides y sus olivos, los devastaremos y los destruiremos por medio del huracán; si le vemos fabricar ladrillos, lloveremos y romperemos con redondo granizo las tejas de su casa; cuando él o alguno de sus parientes o amigos contraiga matrimonio, lloveremos a torrentes toda la noche[551], de modo que preferirá haber estado en Egipto a haber juzgado injustamente.


(Estrepsiades sale de su casa con un saco de harina y se dirige a la de Sócrates.)

ESTREPSIADES.

Aún faltan cinco días; después cuatro, tres, dos, y por último viene luego a toda prisa el que más temo, detesto y abomino, el día treinta del mes[552]. Todos mis acreedores hacen el depósito necesario para entablar un pleito y juran arruinarme y perderme: sin embargo, mis proposiciones son moderadas y justas. «Amigo mío, digo a cada uno, no me exijas por ahora esta cantidad; dame prórroga para pagarte esta otra; perdóname aquella.» Pero ellos dicen que así no cobrarán nunca, me insultan llamándome injusto, y dicen que van a procesarme. ¡Que me procesen! Poco me importa si Fidípides aprende el arte de hablar bien. Pronto lo sabré; llamemos a la puerta de la escuela. ¡Esclavo! ¡Hola, esclavo!


SÓCRATES.

Salud a Estrepsiades.