Muy justamente. ¿Por qué no elogias al doctísimo Eurípides?

ESTREPSIADES.

¡El doctísimo! ¡Ah!... ¿Cómo diré yo? Pero seré de nuevo maltratado.

FIDÍPIDES.

Sí, por Júpiter, y justísimamente.

ESTREPSIADES.

¡Justísimamente, desvergonzado! ¡A mí que te he educado con tanto cariño, que adivinaba los deseos que manifestabas con voz todavía balbuceante! Si decías «brin», te comprendía, y te daba al punto de beber. Si decías «manman», en seguida te traía pan. Apenas habías dicho «caccan», te sacaba fuera y te sostenía para que hicieras tus necesidades[563]. Ahora, aunque yo clame y grite, es bien seguro, bribón, que no me sacarás fuera, ni me sostendrás. Al contrario, me sofocas y me obligas a desahogarme aquí mismo.

CORO.

Creo que el corazón de los jóvenes palpita impaciente por escuchar lo que va a decir. Y si logra demostrar que obró justamente al perpetrar tal crimen, no doy un comino[564] por la piel de los viejos. Ahora, gran inventor y removedor de palabras, busca argumentos convenientes para justificar tu causa.

FIDÍPIDES.