El único ejemplar conocido de esta rarísima edición, perteneció a la biblioteca de Salvá, y pertenece hoy a la de D. Ricardo Heredia. Ni Moratín ni Barrera la conocieron.
Hay las siguientes reimpresiones.
—«Las obras del Maestro Fernán Pérez de Oliva... Con otras cosas que van añadidas. Córdova, Gabriel Ramos, Bejerano, 1586.»
En 4.º 24 hojas preliminares, 283 folios, y una blanca. La impresión se empezó en Córdoba y se acabó en Salamanca. La dirigió el cronista Ambrosio de Morales, sobrino del autor.
La tragedia de Sófocles está al folio 75 vuelto.
—«Las obras del Maestro Fernán Pérez de Oliva, natural de Córdova, Rector que fue de la Universidad de Salamanca, y Catedrático de Teología en ella... Dalas a luz en esta segunda edición D. A. V. C... En Madrid, en la imprenta de Benito Cano. Año de M.DCC.LXXXVII.»
2 tomos en 8.º, págs. 174 a 234 del 1.º se lee La venganza de Agamenón.
—«Parnaso Español. Colección de poesías escogidas de los más célebres poetas castellanos. Por D. Juan Joseph López de Sedano... Tomo VIº... Madrid. Por D. Antonio de Sancha. Año de M.DCC.LXXII.» Págs. 191 a 250 se halla la tragedia.
Es una traducción libre, o más bien imitación de la Electra, de Sófocles, en prosa elegante y noble, pero algo fría. Basta compararla con el original para ver cuán recortada e infielmente traducida está. La parte lírica, sobre todo, ha sufrido espantosas mutilaciones. Añádanse a esto los rasgos ampulosos y declamatorios que de su cosecha pone el traductor, y se tendrá idea de La venganza de Agamenón, digna de vivir solo por la hermosura de lengua, y por ser la primera muestra del teatro griego entre nosotros. Dista mucho de ser una hermosa copia, como le parecía a Martínez de la Rosa, pero siempre merecerá respeto quien modeló la prosa castellana hasta el punto de perfección que muestran estas líneas de la escena IX:
Clitemnestra... «Esto viendo, quisiera yo otra vez esconderla en mi vientre, porque ningún mal llegara a ella, que no pasara primero por mí: mas no pudiendo, la abrazaba y besaba sus ojos, y mezclaba mis lágrimas con las suyas, pensando en su mala ventura, y contemplando su simpleza virginal, según la qual ella no sabía sino llorar con esta triste de su madre: y así estando, me la quitaron de mis pechos, con no menos dolor que si el corazón me arrancaran, y la llevaron donde aquel su cuello semejante al marfil, adornado con oro, pasasen con cuchillo,» etc., etc.