2) D. Vicente García de la Huerta puso en verso castellano, a fines del siglo pasado, la Electra con el título de Agamenón vengado; pero como no sabía griego, se valió de la traducción de Hernán Pérez de Oliva. Todo su trabajo consistió en convertir la prosa en endecasílabos asonantados, por lo general fáciles y rotundos. Trozos hay que no desdicen de los mejores de su Raquel.
Puede leerse este rifacimento en el tomo 2.º de las Obras poéticas de D. Vicente García de la Huerta (Madrid, 1768, por D. Antonio de Sancha). Es la primera composición de las incluidas en ese volumen.
3) El P. José Arnal, jesuita aragonés, de los expulsos a Italia (nació en Teruel el 18 de marzo de 1729; murió en el destierro hacia 1790), publicó anónimos:
«El Philoctetes de Sophocles. En verso. Dedicado por las Escuelas de Zaragoza a su Ayuntamiento. Zaragoza, 1764, por Francisco Moreno.» En 4.º, 36 págs.
Poseo otra edición sin año, aunque parece del mismo tiempo.
«Tragedia. El Philoctetes de Sophocles. En dos actos.»
Al fin dice: «Barcelona: Por Cárlos Gibert y Tutó, impresor y librero.» En 4.º, 24 páginas.
Versificación sumamente débil. Parte de ella es en endecasílabos asonantados; parte en endecasílabos pareados (abundan los agudos.) No hay trozo alguno que merezca citarse. Tampoco es traducción, sino una especie de arreglo de la obra original (muy raquítico y compendiado) para que lo representasen los discípulos del P. Arnal en Zaragoza. Obra, en suma, muy endeble, y solo estimable por su rareza.
4) «Edipo Tirano, Tragedia de Sófocles, traducida del Griego en verso castellano, con un discurso preliminar sobre la tragedia antigua y moderna. Por D. Pedro Estala, Presbítero. En Madrid, En la Imprenta de Sancha. Año de MDCCXCIII.» En 8.º, 50 páginas de discurso preliminar y 86 de texto.
El autor no era poeta, pero sí helenista, y literato de veras, y regular versificador. No alteró la sencillez griega con vanos afeites. El Discurso preliminar es documento interesantísimo, y bien puede decirse que señala adelanto notable en nuestra crítica. Estala rompe con la escuela pseudoclásica, ataca las unidades de lugar y tiempo y el principio de la ilusión dramática: explica el carácter de la tragedia griega por su objeto moral y político: pone en el fatalismo la esencia del teatro antiguo, y en la simpatía el origen de la emoción trágica: defiende el teatro español: hace notar la diferencia profunda entre la tragedia griega y la francesa, en medio de sus aparentes analogías, y lo prueba comparando el Hipólito de Eurípides con la Fedra raciniana, con bastante más acierto que Guillermo Schlegel, empeñado en condenar a Racine en nombre de Eurípides; de lo cual amargamente se ha burlado Enrique Heine. Hay en este discurso de Estala verdaderas adivinaciones.