SOSIAS.
No por cierto; esa es una afición de personas decentes.
JANTIAS.
Nicostrato,[27] el de Escambónides,[28] asegura que es la afición a los sacrificios o a la hospitalidad.
SOSIAS.
Nicostrato, te lo juro por el perro;[29] no es la afición a la hospitalidad; basta que el nombre impúdico de Filóxeno[30] suene a hospitalidad, para que él la deteste.
JANTIAS.
En vano os cansáis; no daréis en ello. Mas si lo deseáis saber, callad y yo os diré el mal que aqueja a mi dueño: es amante del tribunal como ninguno;[31] su pasión por juzgar le vuelve loco; se desespera si no se sienta el primero en el banco de los jueces. Durante la noche no disfruta ni un instante de sueño: si por casualidad se le cierran un momento los ojos, ya su pensamiento revolotea en el tribunal alrededor de la clepsidra,[32] y acostumbrado a tener la piedrecilla de los votos,[33] se despierta con los tres dedos apretados, como quien ofrece incienso a los dioses en el novilunio. Si ve escrito en alguna puerta: «Hermoso Demo, hijo de Pirilampo»; en seguida pone al lado: «Hermosa urna[34] de las votaciones.» Habiendo cantado su gallo al anochecer, dijo que sin duda le habían sobornado los criminales para que le despertase tarde.[35] En cuanto cena, pide a gritos los zapatos; corre al tribunal antes de amanecer, y duerme allí recostado y pegado como una lapa a una de las columnas. Su severidad le hace trazar siempre sobre las tablillas la línea condenatoria,[36] de suerte que siempre, como las abejas o los zánganos, vuelve a su casa con las uñas llenas de cera. Temeroso de que le falten piedrecitas para las votaciones, mantiene ahí dentro un banco de grava. Tal es su manía;[37] cuanto más se trata de corregirle, más se empeña en juzgar. Ahora le tenemos encerrado con cerrojos para que no salga, pues su hijo siente en el alma tal enfermedad. Primero trató de persuadirle con afables palabras a que no llevase el manto burdo, ni saliese de casa, mas no cambió por eso. Luego le bañó y purgó; y siempre lo mismo. Después trató de curarle con los ejercicios de los coribantes, y el buen viejo se escapó con el tambor y se presentó a juzgar en el tribunal. Viendo la ineficacia de estos medios, lo llevó a Egina y le hizo acostarse una noche en el templo de Esculapio.[38] Mas en el momento de amanecer apareció ante la cancela del tribunal. Desde entonces no le dejábamos salir; pero como se nos escapaba por las canales y buhardillas, tuvimos que tapar y cerrar con paños todos los agujeros. Mas él, clavando palitos en la pared, saltaba de uno a otro como un grajo. Por último, hemos tenido que rodear con una red todo el patio, y así le guardamos. El viejo se llama Filocleón;[39] ningún nombre, por Júpiter, le está más propio: su hijo se llama Bdelicleón,[40] y trata de corregir el feroz carácter de su padre.
BDELICLEÓN (Asomándose a la ventana).
¡Eh, Jantias, Sosias! ¿estáis durmiendo?