PISTETERO.
Opino primeramente que todas las aves se reúnan en una sola ciudad, y que las llanuras del aire y de este inmenso espacio se circunden de un muro de grandes ladrillos cocidos, como los de Babilonia.
LA ABUBILLA.
¡Oh Cebrión, oh Porfirión,[459] qué terrible plaza fuerte!
PISTETERO.
Cuando hayáis construido esa muralla, reclamaréis el mando a Júpiter; si se niega y no quiere acceder, obstinado en su sinrazón, declaradle una guerra sagrada y prohibid a los dioses que atraviesen como antes vuestros dominios y que desciendan a la tierra enardecidos por su adúltero amor a las Alcmenas, Álopes y Semeles; y si se presentan, ponedles en estado de no gozarlas más.[460] Enviad en seguida otro alado embajador a los hombres para que les haga entender que, siendo las aves dueñas del mundo, a ellas deben ofrecer primero sus sacrificios y después a los dioses, y que deberán agregar a cada divinidad el ave que le convenga; si, por ejemplo, sacrifican a Venus, ofrecerán al mismo tiempo cebada a la picaza marítima; si matan una oveja en honor de Neptuno, presentarán granos de trigo al ánade; si un buey a Hércules, tortas con miel a la gaviota; si inmolan un carnero en las aras de Júpiter rey, rey es también el reyezuelo, y por consiguiente habrá de consagrársele, antes que al mismo Júpiter, un mosquito macho.
EVÉLPIDES.
Me agrada ese sacrificio de un mosquito. ¡Que truene ahora el gran Júpiter!
LA ABUBILLA.
¿Pero cómo nos tendrán los hombres por dioses, y no por grajos, al ver que volamos y tenemos alas?