EVÉLPIDES.

No sabía yo eso; así es que me admiraba cuando Príamo se presentaba en las tragedias con un pájaro que observaba fijamente a Lisícrates[457] y los regalos con que se deja sobornar.

PISTETERO.

Pero oíd la prueba más contundente. Júpiter, que ahora reina, lleva sobre su cabeza un águila, atributo de su soberanía; su hija lleva una lechuza; y Apolo, su ministro, un azor.

EVÉLPIDES.

¡Es verdad, por la venerable Ceres! ¿Mas para qué llevan esas aves?

PISTETERO.

Para que en los sacrificios, cuando, según el rito, se ofrecen las entrañas a los dioses, ellas reciban su parte antes que Júpiter. Entonces ningún hombre juraba por los dioses, sino todos por las aves; y hoy mismo cuando Lampón engaña a alguno suele jurar por el ganso.[458] ¡En tanta estima y veneración tenían entonces a los que ahora sois considerados como imbéciles y esclavos viles! Hoy os apedrean como a los dementes; hoy os arrojan de los templos; hoy infinitos cazadores os tienden lazos y preparan contra vosotros varetas, cepos, hilos, redes y pihuelas; hoy os venden a granel después de cogidos, y ¡oh colmo de ignominia! los compradores os tantean para ver si estáis gordos. ¡Y si se contentasen a lo menos con asaros! Pero hacen un menudo picadillo de silfio y queso, aceite y vinagre; le agregan otros condimentos dulces y crasos, y derraman sobre vosotros esta salsa hirviente como si fueseis carnes corrompidas.

CORO.

Acabas de hacernos, hombre querido, un triste, tristísimo relato. ¡Cuánto deploro la incuria de mis padres que, lejos de trasmitirme los honores heredados de sus abuelos, consintieron que fuesen abolidos! Pero sin duda algún numen propicio te envía para que me salves; a ti me entrego, pues, confiadamente con mis pobres polluelos. Dinos lo que hay que hacer; porque seríamos indignos de vivir, si por cualquier medio no reconquistáramos nuestra soberanía.