LA ABUBILLA.
¿De quién los tomaremos?
PISTETERO.
¿De quién? De vosotros mismos. ¿Ignoras que la graznadora corneja vive cinco vidas de hombre?
EVÉLPIDES.
¡Ah, cuánto más grato será su imperio que el de Júpiter!
PISTETERO.
¿Quién lo duda? En primer lugar, no tendremos que consagrarles templos de piedra cerrados con puertas de oro, porque habitarán entre el follaje de las encinas: un olivo será el templo de las aves más veneradas; además, para ofrecerles sacrificios no habrá que hacer un viaje a Delfos o Amón,[462] sino que parándonos delante de los madroños y acebuches, les presentaremos un puñado de trigo o de cebada, suplicándoles, con las manos extendidas, que nos concedan parte de sus bienes, y los conseguiremos sin más dispendios que un poquillo de grano.
CORO.
¡Oh anciano, que después de haberme sido tan odioso me eres ahora tan querido, nunca por mi voluntad me apartaré de tus consejos! Animado por tus palabras he prometido y jurado que si tú, fiel a tus santas promesas, te unes a mí, sin dolo alguno, para atacar a los dioses, estos no conservarán mucho tiempo el cetro que me pertenece. Todo lo que dependa de la fuerza, queda a nuestro cargo; y al tuyo lo que exija habilidad y consejo.