1881


LAS AVISPAS.


NOTICIA PRELIMINAR.


A deplorable estado llegó la administración de justicia en Atenas durante los primeros años de la guerra del Peloponeso. Contribuían a ello grandemente de un lado la defectuosa organización de los tribunales, y de otro la manía de juzgar, litigar y perorar en público, desarrollada en los atenienses con una furia de que no hay otro ejemplo. Entre los principales vicios de aquel sistema, aparece desde luego como de más bulto el de la multiplicidad de los tribunales. Basta, en efecto, recordar los nombres del Areópago, el Heliástico, el Epipaladio, el Epidelfinio, el Enfreacio, el Epipritáneo, el Epitalacio y las Curias del Arconte epónimo, del Arconte-rey, del Polemarca, de los Tesmotetas, de los Once, de los Catademos, de los Diatetas y de los Nautódicos, con sus mal definidas y a veces encontradas atribuciones, para comprender a cuántos abusos y entorpecimientos daría lugar complicación semejante. Y, sin embargo, leemos con asombro en Jenofonte que con ser tantos los tribunales y dotados de personal numeroso, no eran todavía bastantes para dar solución a las infinitas cuestiones que a su decisión se sometían. «Muchos particulares, dice, vense obligados a esperar todo un año antes de poder presentar su demanda al Senado o al pueblo, porque la multitud de negocios es tal, que impide dar audiencia a todo el mundo.[1]» Pero el origen y verdadera fuente de las infamias y abusos que los jurados atenienses cometieron debe buscarse, sin duda alguna, en la ley de Solón que, equiparando la administración de justicia al ejercicio de los derechos políticos, permitía a todo ciudadano de treinta años formar parte de los tribunales; pues, como para el altísimo cargo de juzgar no se exigía circunstancia alguna de moralidad ni ilustración, los jueces eran fácilmente engañados por los oradores, que, o tergiversando los hechos, o falseando la ley, o enterneciendo al tribunal con peroraciones elocuentes, le hacían pronunciar fallos a todas luces injustos.

Así se explican hechos como el del anciano Tucídides[2], envuelto por la elocuencia de un hábil abogado, y condenado, no obstante su inculpabilidad, a una crecida multa: así se explica también, dice el citado Jenofonte[3], que tantos inocentes pereciesen víctimas de su altivez, mientras muchos criminales conseguían la absolución libre. Y si esto ocurría cuando los jueces eran ignorantes sin dejar de ser honrados, calcúlese a qué extremo llegarían los abusos cuando las agitaciones políticas y la guerra crearon tal estado de cosas, que el soborno, la venalidad y la falta de independencia llegaron a ser lo más corriente y ordinario.

Ya en Los Acarnienses y Los Caballeros pudimos observar que los campesinos refugiados en Atenas al verificarse la primera incursión lacedemonia, invadieron los tribunales e hicieron un modo de vivir de la profesión de juez. Faltos de ocupación y víctimas de una miseria que las escasas distribuciones de víveres no podían remediar, tenían su único recurso en los tres óbolos que el Estado pagaba por sesión: expuestos por su penuria a la venalidad y al soborno, sucedía que en los negocios privados daban su voto al rico particular que se lo compraba, y en los asuntos de interés común obedecían dócil y ciegamente al demagogo, de cuya voluntad dependía el cobrar o no su sueldo.

A aumentar el desconcierto y escandalosos abusos de los tribunales, contribuía no poco aquella extraña afición de los atenienses a todo lo que fuera litigio, proceso y discusión, avivada por los odios de partido que dividían su democracia.