A este propósito dice discretamente Artaud: «Los debates entre particulares fácilmente se transformaban en Atenas en públicas acusaciones; todo hombre distinguido era pronto sospechoso de aspirar a la tiranía; el derecho de acusar, concedido a todo ciudadano, secundaba las animosidades, las venganzas, y sobre todo, esas pasiones envidiosas y malignas de que adolecen los gobiernos populares; la delación era ya un oficio, y el que denunciaba a un conspirador era bien acogido con seguridad: he aquí, pues, una fuente abundante de procesos. En fin, el pasar la vida entera en la calle y en la plaza, producía una continua necesidad de diversiones y pasatiempos; los oradores, los sofistas, los retóricos, cuya única ocupación era el perorar, encontraban siempre una multitud de ociosos, ávidos de escucharles: los discursos de los abogados en los tribunales no se oían con menos afán que las arengas políticas; era esto una diversión como otra cualquiera, y todos los días el pueblo se apiñaba alrededor de la maroma que marcaba el recinto de los jueces en la plaza de Helia.[4]»

Tantos abusos y ridiculeces no podían pasar sin correctivo ante la cáustica musa de Aristófanes, pronta a azotar con el látigo de una sátira implacable todo lo que le parecía injusto o perjudicial. Así es que después de haberse desatado en Las Nubes contra los sofistas y sus doctrinas funestas para la juventud, trata de corregir en Las Avispas los vicios que acabamos de reseñar.

En esta comedia volvemos a encontrar en Filocleón una nueva personificación del pueblo ateniense, aunque solo bajo su aspecto de κυαμοτρώξ, mascullador de habas, es decir, entregado a la tarea de juzgar, que casi lo ha vuelto loco. Bdelicleón (enemigo de Cleón), hijo del maniático juez, le retiene en casa con ánimo de curarle; pero burlando la vigilancia de dos esclavos que guardaban la puerta de Filocleón, trata de evadirse, primero por el cañón de la chimenea, y después por el tejado, y, por último, parodiando a Ulises, escondido bajo la panza de su asno. Frustradas todas sus tentativas, auméntase su furor cuando ve llegar a sus colegas, que, vestidos de Avispas, le llaman para ir al tribunal: este disfraz es un emblema de su carácter irascible y feroz. Filocleón implora el socorro de sus amigos, y pronto se traba una contienda entre ellos y sus guardianes. Por fin hay un momento de tregua en que Bdelicleón refuta las quiméricas ventajas de ser jueces, y logra atraer a su partido al irritado enjambre.

Su padre cede también, pero con la condición de establecer en su casa una especie de tribunal. El primer acusado es el perro Labes, reo sorprendido infraganti delito de hurto de un queso siciliano. La causa se instruye con toda rapidez y formalidad, y al dar la sentencia Filocleón absuelve al reo por una equivocación. El haber dejado libre a un culpable le llena de desesperación, hasta que su hijo se la hace olvidar llevándole a fiestas y banquetes.

Al llegar a este punto, el asunto de la comedia cambia por completo; el carácter del juez se transforma en el de un viejo alegre, insolente y alborotador, y la acción se reduce a las reclamaciones a que da lugar su intemperancia y a un certamen coreográfico a que provoca el transformado heliasta a todos los danzantes que se quieran presentar.

Respecto al mérito de esta Comedia debemos decir que no es ciertamente de las obras más interesantes de Aristófanes, bajo el punto de vista literario; no abundan en ella tanto como en otras aquellas inagotables gracias que les dan tanta amenidad; la acción se arrastra lánguida y desmayadamente, y carece, además, de la unidad necesaria, condición sin la cual toda obra artística deja mucho que desear.

En cambio, bajo el punto de vista histórico y jurídico, tiene una importancia inmensa, pues sirve para completar la historia interna de Atenas, y da curiosas noticias sobre el procedimiento y los tribunales en aquella ciudad.

Es digna también de mencionarse, al hablar de Las Avispas, la famosa imitación que de ella hizo Racine en sus Plaideurs, aunque no sea más que por ser única en su género. El célebre trágico conservó en Los litigantes muchos chistes y algunos episodios de Aristófanes; pero su comedia, como no podía menos, difiere esencialmente de las del poeta griego, no solo en la forma, sino en la intención, pues se limita a pintar en Dauclin el carácter de un juez maniático, sin la significación universal y política que tiene Filocleón.

Las Avispas se representaron un año después de Las Nubes, es decir, el 423 antes de nuestra era, noveno de la guerra del Peloponeso. No se sabe si fueron premiadas, porque el Escoliasta no nos lo dice, y es de notar la modestia con que el autor habla de sí mismo en la Parábasis, en cuya parte suele de ordinario encarecer sus medios de agradar.

PERSONAJES.