EL POETA.
Hace mucho tiempo, mucho tiempo, que yo canto a esta ciudad.
PISTETERO.
¡Pero si en este instante celebro la fiesta de su fundación, y acabo de ponerla un nombre como a los niños de diez días![503]
EL POETA.
¡Qué importa! La voz de las Musas vuela como los más rápidos corceles. ¡Oh tú, padre mío, fundador del Etna, tú cuyo nombre recuerda los divinos templos, otórgame propicio los bienes que para ti desearías!
PISTETERO.
No nos vamos a quitar de encima esta calamidad, si no le damos alguna cosa. Tú,[504] que tienes ese abrigo sobre la túnica, quítatelo y dáselo a este discretísimo poeta. Toma este abrigo; pues me parece que estás tiritando.
EL POETA.
Mi Musa acepta regocijada este presente. Escucha tú estos versos pindáricos...[505]