Todos los pueblos, admirados de tu sabiduría, te ofrecen esta corona de oro.

PISTETERO.

La acepto; pero ¿por qué los pueblos me decretan tan señalado honor?

EL HERALDO.

Tú no sabes, ilustre fundador de una ciudad aérea, la inmensa estimación en que te tienen los mortales, y la afición extraordinaria que se ha desarrollado por este país. Antes de que echases los cimientos de esta célebre ciudad, todos los hombres atacados de la lacomanía se dejaban crecer el cabello, ayunaban, iban sucios, vivían socráticamente,[542] y llevaban bastones espartanos; ahora ha cambiado la moda y les domina la manía por las aves, complaciéndose en imitar su modo de vivir. En cuanto apunta el alba saltan todos a la vez del lecho y vuelan, como nosotros, a su pasto habitual; después se dirigen a los carteles y se atracan de decretos. Su manía por las aves es tan grande que muchos llevan nombres de volátiles: un tabernero cojo, se llama perdiz; Menipo, golondrina; Opuncio, cuervo tuerto; Filocles, alondra; Teógenes, ganso-zorro; Licurgo, ibis; Querefonte, murciélago; Siracosio, urraca; y Midias se llama codorniz, porque, en efecto, tiene toda la traza de una codorniz muerta de un porrazo en la cabeza.[543] La pasión por las aves hace que se canten versos, donde es de rigor hablar de golondrinas, de penélopes, de gansos, de palomas, o por lo menos algo de plumaje. Así anda la cosa. ¡Ah!, te advierto que pronto vendrán aquí más de diez mil personas pidiéndote alas y garras ganchudas; por tanto, ya puedes hacer provisión de plumas para los nuevos huéspedes.

PISTETERO.

Entonces no hay tiempo que perder. Anda, llena de alas todos los cestos y cestillos, y dile a Manes[544] que me los traiga aquí. Yo me encargo de recibir a los que vengan.

CORO.

Esta ciudad va a ser pronto muy populosa.

PISTETERO.