LISÍSTRATA.
No derribéis nada; aquí me tenéis. ¿Para qué las palancas? No es eso lo que os hace falta, sino sentido común.
EL MAGISTRADO.
¿De veras, mujer abominable? ¿Dónde está el arquero? Cógela y átale las manos a la espalda.
LISÍSTRATA.
Como llegue a tocarme nada más que con la punta de un dedo, por Diana lo juro, aunque sea un funcionario público, me las pagará.
EL MAGISTRADO.
¡Cómo! ¿Tienes miedo? Sujétala por la cintura. Ayúdale tú también, y atadla entre los dos.
MUJER PRIMERA.