¡Caiga sobre ti el oráculo que acabas de graznar, vejestorio! (A Lisístrata.) Habla tú.

LISÍSTRATA.

Voy. En la guerra anterior sobrellevábamos con paciencia ejemplar todo lo que hacíais los hombres, porque no nos permitíais abrir la boca. Vuestros proyectos no eran muy agradables que digamos: nosotras los conocíamos, y más de una vez os vimos en casa tomar desacertadas resoluciones en los más graves asuntos. Entonces, disimulando con una sonrisa nuestro interno dolor, os preguntábamos: «¿Qué resolución sobre la paz habéis tomado hoy en la asamblea?» «¿Qué te importa? —decía mi marido—: cállate;» y yo callaba.

UNA MUJER.

Pues yo no me hubiera callado.

EL MAGISTRADO.

Pues hubieras llorado por no callar.

LISÍSTRATA.

Yo me callaba; otra vez oyendo que habíais tomado una funestísima determinación, le pregunté: «Marido mío, ¿en qué consiste que obráis tan sin sentido?» Y él, mirándome de reojo, contestó: «Teje tu tela, si no quieres que la cabeza te duela mucho tiempo: la guerra es asunto de hombres».[654]

EL MAGISTRADO.