Y tenía razón, por vida mía.
LISÍSTRATA.
¿Cómo que tenía razón? ¡Miserable! ¿No hemos de poder daros un buen consejo cuando vemos que adoptáis resoluciones funestas? Cansadas ya de oír a unos preguntar a gritos en las calles: «¿No hay un hombre en este país?» y a otros responder: «No, ni uno»; las mujeres hemos tomado el partido de reunirnos y salvar entre todas a la Grecia. ¿A qué habíamos de esperar más? Por consiguiente, si queréis escuchar nuestros buenos consejos, y callaros a vuestra vez, como nosotras entonces, conseguiremos arreglaros.
EL MAGISTRADO.
¡Vosotras a nosotros! Vamos, ¡esto ya no puede tolerarse!
LISÍSTRATA.
¡Calla!
EL MAGISTRADO.
¡Yo! ¡Callarme yo, porque tú me lo mandes, deslenguada! ¡Yo obedecer a quien lleva un velo en la cabeza! ¡Antes morir!
LISÍSTRATA.