¿Qué me decís si este sale vencedor?

CORO.

La turba de los viejos no servirá para nada. En todas las calles se burlarán de nosotros llamándonos talóforos[93] y mondaduras de pleitos. Tú, que vas a defender nuestra soberanía, despliega, pues, atrevidamente todos los recursos de tu lengua.

FILOCLEÓN.

Empezaré por probar desde las primeras palabras que nuestro poder no es menor que el de los reyes más poderosos. Pues, ¿quién más afortunado, quién más feliz que un juez? ¿Hay vida más deliciosa que la suya? ¿Existe algún animal más temible, sobre todo si es viejo? Para cuando salto del lecho, ya me están esperando unos hombrones de cuatro codos que me escoltan hasta el tribunal: apenas me presento, una mano delicada, que fue esquilmadora del erario, estrecha blandamente la mía: los acusados abrazan suplicantes mis rodillas, y me dicen con lastimera voz: «Ten compasión de mí, padre mío; yo te lo pido por las hurtos que hayas podido cometer en el ejercicio de alguna magistratura o en el aprovisionamiento del ejército.» Pues bien, este a quien me refiero no sabría siquiera si yo existía si no le hubiera absuelto la primera vez.

BDELICLEÓN.

Tomo nota de lo que dices sobre los suplicantes.

FILOCLEÓN.

Entro después, abrumado de súplicas, y calmada mi cólera suelo hacer en el tribunal todo lo contrario de lo que había prometido; pero escucho a una muchedumbre de acusados que en todos los tonos piden la absolución. ¡Oh! ¡Cuántas palabras de miel pueden oír allí los jueces! Unos lamentan su pobreza, y añaden males fingidos a los verdaderos hasta lograr que sus desgracias igualen a las nuestras: otros nos recitan fábulas: estos nos refieren alguna gracia de Esopo:[94] aquellos dicen un chiste para hacerme reír y desarmar mi ira. Cuando tales recursos no nos vencen, se presentan de pronto trayendo sus hijos e hijas de la mano: yo presto atención: ellos, desgreñado el cabello, prorrumpen en berridos; el padre, temblando, me suplica como a un Dios que le absuelva siquiera por ellos. «Si te es grata la voz de los corderos, dice, compadécete de la de mi hijo.» «Si te gusta más la de las puerquecillas,[95] procura conmoverte con la de mi hija.» Entonces disminuimos un poco nuestro furor. ¿No es esto, decidme, un gran poder que nos permite despreciar las riquezas?

BDELICLEÓN.