¿Te quejas porque aún no te hemos expuesto?[665] No te apures; dentro de tres días iremos de madrugada a ofrecerte la oblación de costumbre.

(Vanse Lisístrata y el Magistrado. Los dos coros quedan solos en la escena.)


CORO DE VIEJOS.

Ya no puede dormir ningún amigo de la libertad. Ea, dispongámonos para esta grande empresa. Sospecho mayores peligros, y creo percibir un olor a tiranía de Hipias; y mucho me temo que algunos lacedemonios, reunidos en casa de Clístenes, hayan sido los incitadores de estas malditas mujeres sugiriéndoles la idea de apoderarse de nuestro tesoro y del salario de que vivimos. Indigno es, por vida mía, que se entrometan a dar consejos a los ciudadanos y a hablar de cascos de bronce, y a tratar de la paz con los lacedemonios, en quienes tengo menos confianza que en un lobo hambriento. Amigos, no cabe duda, todas sus tramas tienden a restablecer la tiranía. Pero jamás me tiranizarán; yo tomaré mis precauciones, y llevando mi espada en la rama de mirto,[666] estaré sobre las armas en la plaza pública, junto a la estatua de Aristogitón. Allí permaneceré, porque siento un vivo deseo de darle un bofetón a esa maldita vieja.

CORO DE MUJERES.

Cuando vuelvas a tu casa no te conocerá ni la madre que te parió.[667] Pero, queridas ancianas, dejemos esto en el suelo; nosotras, oh ciudadanos, vamos a principiar un discurso muy útil a la república; y bien lo merece por haberme criado en el seno de los placeres y del esplendor. A la edad de siete años ya llevé las ofrendas misteriosas en la fiesta de Minerva; a los diez molía la cebada en honor de la diosa; luego, ceñida de flotante túnica azafranada, me consagraron a Diana en las Brauronias;[668] y por último, ya doncella núbil, fui canéfora, y rodeé mi garganta con el collar de higos.[669] En pago de tantas distinciones, ¿no deberé dar útiles consejos a mi patria? Aunque mujer, permitidme proponer un remedio a nuestros males; que, al fin, al darle mis hijos, también pago mi contribución al Estado. Pero vosotros, miserables viejos, ¿con qué contribuís? Después de haber consumido lo que se llamaba el tesoro de los Abuelos,[670] reunido durante las guerras médicas, nada pagáis; y todos corremos grave riesgo de que nos arruinéis. ¿Qué podéis responder a esto? Como me incomodes mucho, te siento en la cara este coturno, y ¡cuidado que pesa!

CORO DE VIEJOS.

¿Puede haber mayor ultraje? La cosa va de mal en peor. Todo hombre que se tenga por tal, tiene obligación de oponérseles. Pero quitémonos la túnica. El hombre debe ante todo oler a hombre, y no estar envuelto en sus vestidos. Ea, todos los que en nuestros buenos tiempos nos reunimos en Lipsidrión, hombres de pies desnudos, hoy es preciso rejuvenecerse, enderezar el cuerpo, despojarnos de la vejez. Si dejamos a las mujeres el menor asidero, no cejarán ni un punto en sus esfuerzos, y las veremos construir naves, pretender dar batallas navales y atacarnos a ejemplo de Artemisa.[671] Si les place dedicarse a la equitación, licenciaremos a nuestros caballeros. A la mujer la gusta mucho el caballo; sobre él ataca vigorosamente, y no se cae por mucho que galope: testigos las Amazonas que Micón[672] pintó combatiendo a los hombres. Por lo cual es preciso que nos apoderemos de esta, y las metamos a todas el cuello en el cepo.

CORO DE MUJERES.