Si quieres salir vencedor, preciso es que emplees todos tus ardides. Difícil es templar mi cólera, sobre todo hablando en contra mía. Por tanto, si nada bueno tienes que decir, ya puedes buscar una muela buena y recién cortada para quebrantar nuestra ira.
BDELICLEÓN.
Ardua, atrevida y superior a las fuerzas de un poeta cómico es ciertamente la empresa de desarraigar de la ciudad un vicio tan inveterado. Pero padre mío, hijo de Saturno...[109]
FILOCLEÓN.
No me des ese nombre. Porque si sobre la marcha no me manifiestas que soy un esclavo, no habrá para ti medio de librarte de la muerte, aunque me vea privado de participar de los festines en los sacrificios.[110]
BDELICLEÓN.
Escucha, pues, padrecito mío, y desarruga un poco tu fruncido ceño. Principia por calcular no con piedrecillas, sino con los dedos (la cuenta no es difícil), cuál es el total de los tributos que nos pagan las ciudades aliadas; a ellos agrega los impuestos personales, los céntimos, las rentas, los derechos de los puertos y mercados y el producto de los salarios y confiscaciones. En junto sumarán unos dos mil talentos. Cuenta ahora el sueldo anual de los jueces, que son seis mil, pues nunca excedieron de este número, y hallarás que asciende a ciento cincuenta talentos.[111]
FILOCLEÓN.
De modo que nuestro sueldo no llega a la décima parte de las rentas.[112]
BDELICLEÓN.