Pero se me olvidaba lo más delicioso: cuando entro en casa con el salario, todos corren a abrazarme atraídos por el olorcillo del dinero: enseguida mi hija me lava, me perfuma los pies[104] y se inclina sobre mí para besarme; me llama «papá querido» y me pesca con la lengua el trióbolo que llevo en la boca.[105] Después mi mujercita, toda mimos y halagos, me presenta una torta riquísima, se sienta a mi lado y me dice cariñosa: «Come esto, prueba esto otro.» Lo cual me deleita infinito, y me libra de miraros a la cara a ti o al mayordomo, para ver cuando os dignaréis servirme la comida, gruñendo y maldiciéndome. Mas para cuando mi mujer no me trae pronto la torta, tengo este quita-pesares,[106] muralla en que se estrellan todos los dardos. Por si no me das de beber, he traído este soberbio porrón con dos asas a modo de orejas de asno.[107] ¡Cómo rebuzna cuando inclinándome hacia atrás apuro su contenido! Sus terribles cloqueos ahogan el ruido de tus odres. Mi poder es por lo menos igual al del padre de los dioses; pues hablan de mí como del propio Júpiter. Cuando nos alborotamos suelen decir todos los transeúntes: «Jove soberano, cómo truena el tribunal.» Y cuando lanzo el rayo de mi indignación, ¡oh!, entonces es de ver cómo me halagan todos, y cómo el terror descompone el vientre a los más ricos y soberbios. Tú mismo me temes más que ningún otro; sí, tú, por Ceres. Yo, en cambio, que me muera si te tengo miedo.

CORO.

Nunca habíamos oído discutir con tanta precisión y habilidad.

FILOCLEÓN.

No; es que esperaba vendimiar una viña abandonada;[108] pues ya conoce bien mi superioridad en la materia.

CORO.

¡Qué bien lo ha dicho todo! ¡De nada se ha olvidado! Al oírle me sentía crecer. Ya pensaba estar administrando justicia en las Islas Afortunadas. ¡Tal es el encanto de su elocuencia!

FILOCLEÓN.

¡Cómo se entusiasma! ¡Ya no cabe en el pellejo! Infeliz, dentro de poco todo se le van a antojar garrotes.

CORO.