¡Eso hacen conmigo! ¡Ah! ¿Qué dices? Me destrozas el corazón. Ya no sé ni lo que pienso ni lo que digo.

BDELICLEÓN.

Considera, pues, que tú y todos tus colegas podíais enriqueceros sin dificultad, si no os dejaseis arrastrar por esos aduladores que están siempre alardeando de amor al pueblo. Tú, que imperas sobre mil ciudades desde la Cerdeña al Ponto, solo disfrutas del miserable sueldo que te dan, y aun ese te lo pagan poco a poco, gota a gota, como aceite que se exprime de un vellón de lana; en fin, lo preciso para que no te mueras de hambre. Quieren que seas pobre, y te diré la razón: para que reconociéndoles por tus alimentadores, estés dispuesto a la menor instigación a lanzarte como un perro furioso sobre cualquiera de sus enemigos. Como quieran, nada les será más fácil que alimentar al pueblo. ¿No tenemos mil ciudades[115] tributarias? Pues impóngase a cada una la carga de mantener veinte hombres, y veinte mil ciudadanos[116] vivirán deliciosamente, comiendo carne de liebre, llenos de toda clase de coronas, bebiendo la leche más pura,[117] gozando, en una palabra, de todas las ventajas a que les dan derecho nuestra patria y el triunfo de Maratón. En vez de eso, como si fuerais jornaleros recolectores de aceituna, seguís al pagador de sueldos.

FILOCLEÓN.

¡Ay, súbito hielo entorpece mi mano; no puedo sostener la espada; me siento desfallecer![118]

BDELICLEÓN.

Esos intrigantes cuando cobran miedo os dan la Eubea y prometen distribuir cincuenta celemines de trigo: nunca te han dado, bien lo sabes, más de cinco celemines, y esos con mil molestias, midiéndolos uno por uno, y exigiéndote previa justificación de no ser extranjero. Ahí tienes por qué te tengo encerrado siempre, deseando mantenerte yo mismo y librarte de insolentes burlas. Resuelto estoy a darte cuanto quieras, menos ese maldito salario.

CORO.

¡Cuán sabio era el que dijo: «No juzgues sin haber oído a ambas partes!» (A Bdelicleón.) Ahora me parece que tú tienes sobrada razón. Mi cólera se calma, y arrojo estos garrotes. (A Filocleón.) Cede, cede a sus consejos, colega y contemporáneo nuestro; no seas obstinado, ni hagas alarde de tenacidad inflexible. ¡Ojalá tuviera yo un pariente o amigo que así me aconsejase! Hoy, que se te aparece un dios para socorrerte y colmarte de favores, recíbelos propicio.

BDELICLEÓN.