Sí, yo le mantendré y le daré cuanto un anciano puede desear: ricos puches, blancas túnicas, un fino manto y una cortesana que le frote los riñones.[119] Pero se calla y no dice esta boca es mía. Mala espina me da.

CORO.

Es que recobra la razón en el mismo punto que la había perdido: reconoce su culpa, y se arrepiente de haber desoído tanto tiempo tus exhortaciones. Quizá ahora, más cuerdo, se propone mudar de costumbres y obedecerte en todo.

FILOCLEÓN.

¡Ay de mí!

BDELICLEÓN.

¿Por qué esa exclamación?

FILOCLEÓN.

Déjate de promesas; lo que yo quisiera era estar allí, sentarme allí donde el heraldo grita: «El que no haya emitido todavía su voto, que se levante.» ¡Ah! ¿Por qué no me he de encontrar junto a las urnas y depositar en ellas el último mi voto? ¡Apresúrate, alma mía! Alma mía, ¿dónde estás? «Tinieblas, abridme paso.»[120] ¡Oh! Por Hércules lo juro, mi más vehemente deseo es sentarme hoy entre los jueces y convencer de robo a Cleón.

BDELICLEÓN.