Bueno, y si quieres también a Lisístrato.[699]
CORO DE VIEJOS.
Es inútil llamarla; sin duda os ha oído, y sale.
¡Salud, mujer esforzadísima! Llegó la ocasión de mostrarte valiente o tímida, buena o mala, severa o indulgente, sencilla o astuta. Los principales griegos, seducidos por tus encantos, se confían a ti, y esperan que des fin a sus agravios.
LISÍSTRATA.
No es cosa difícil, mientras su situación no les arrastre a excesos nefandos. Pronto lo sabré. ¿Dónde está la Paz?[700] Tráeme primero a los lacedemonios, cogiéndoles de la mano, sin dureza ni altivez, y sin aquella grosería con la cual les recibían nuestros esposos;[701] al contrario, muéstrales esa afabilidad, adorno de la mujer. Si se niegan a darte la mano, cógelos por otra parte.[702] Tráeme asimismo a los atenienses, cogiéndoles por donde quieran. — Lacedemonios, colocaos junto a mí; vosotros, atenienses, a este lado; ahora prestadme atención. No soy más que una mujer, pero tengo sentido común; la naturaleza me dotó de un criterio claro, que las lecciones de mi padre y de otros ancianos acertaron a desenvolver. Quiero principiar por echaros en rostro faltas comunes a entrambos y censurables con sobra de razón. Vosotros que en Olimpia, en las Termópilas, en Delfos (¡cuántos lugares pudiera citar si quisiera extenderme!) rociáis los mismos altares con igual agua lustral, y formáis una sola familia ante los bárbaros enemigos, arruináis ahora con desoladora guerra la Grecia y sus ciudades. Esto es lo primero que tenía que deciros.
EL ATENIENSE.
Y a mi me mata el deseo.
LISÍSTRATA.
Ahora, lacedemonios, me dirijo a vosotros en particular. ¿No os acordáis de cuando el espartano Periclides[703] llegó suplicante al pie de nuestras aras, pálido, vestido de púrpura,[704] pidiendo a los atenienses tropas auxiliares? Porque entonces la Mesenia os apuraba, y Neptuno estremecía vuestra tierra.[705] Cimón partió con cuatro mil soldados, y salvó a Lacedemonia. ¡Y después de tales beneficios devastáis los campos de vuestros libertadores!